Baúl de Pyotr R. Volkov

Publicado por Pyotr R. Volkov, Feb 12, 2026, 03:23 PM

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Pyotr R. Volkov Socio de Costello & Mano del Clan Raven
Caminaron en silencio. Espectro no era particularmente parlanchina, pero tampoco era tan callada como él. Caminaba atenta, casi felina, observando a su alrededor y sin observar nada al mismo tiempo. Él se limitaba a divisarla de reojo, comprendiendo que sobre ella caía el mismo peso que él tenía. No ser noble. Ser considerada menos, y demostrar que era mucho más que muchos vampiros vejetes estirados. Nunca vio a nadie lanzarse de una torre alta sin temor, o escalar chimeneas encendidas por el bien del clan. Por el bien de Lillie, para que nada la hiriera, para que no la tocara la maldad. Para evitarle eso. A veces era imposible, pero la mayoría de las veces, lo lograban. Y a esa mujer la había visto hacer lo imposible por ella. Alguna vez quiso preguntarle por qué. "Porque ella me salvó", era todo lo que decía. Y Bea decía exactamente lo mismo. De Bea sí había obtenido más información. Lillie la había rescatado de una familia de vampiros donde la trataban como si fuera una esclava, no una criada. La compró con todo lo que eso significaba, y aunque la rubia pedía disculpas, para Bea había marcado un antes y un después en su vida. Alguien alguna vez le dijo que Meadow era una mujer que vivía en la calle, y que trabajaba, de tanto en tanto, en un burdel. Lillie la encontró en uno de sus paseos nocturnos -ella y su tendencia ilógica de ir a Costello- y desde entonces, la otra había jurado lealtad. ¿Por qué? A saber. Decían que Lillie pagó una suma de dinero estúpida por ella, y que una vez que le fue entregada la chica, le sonrió y le dio un poco más de dinero para que eligiera lo que quería hacer. Seguirla, al parecer.

Se detuvieron en la puerta.
Meadow.— Llamó. La otra lo miró.
—¿Qué?
A veces me pregunto qué tan locos tenemos que estar como para seguir a una vampiresa que no tiene ni cinco años de transformada, ni tuvo Sire, ni siquiera sabe usar bien sus habilidades. Pero a veces, cuando giro la cabeza y te veo a ti, o a los líderes de otras facciones, o a los hermanos Cuervos viviendo en paz, entiendo que lo que necesitábamos era ser guiados con corazón. Uno que también pones tú.— Ella se tensó.—No necesitas ser noble para ser merecedora de todo esto. Mándalos a que coman mierda.— Y sonrió. La vampiresa lo imitó, abriéndole la puerta del estudio de Lillie en la Torre de la Reina.
424 Palabras #10
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Pyotr R. Volkov Socio de Costello & Mano del Clan Raven
[FLASHBACK]

No había duda. Ese enanito frente a sí era... un Lilosito, travieso, con la cara llena de miguitas oscuras. Era Lillie, pero en pequeño, en varón, en rollizo y en rizos alborotados. Y él realmente lo quería, no solo por ser extensión de la mujer que amaba, sino porque era, en esencia, la imagen viva de la inocencia infantil. Se le quedó mirando, con sus enormes ojos azules, heredados por el padre, y entonces, se le echó a correr como alma en pena. Ese fue el primer error. El segundo, que lo hiciera en la dirección equivocada.

Pero Pyotr no alzó la voz, no corrió, y tampoco hizo demasiado alboroto. Se encaminó a otro de los pasillos sin urgencia, haciendo un eco con el bastón en cada golpe, cadencioso, deteniéndose a la mitad. Se encontró a un Eros, con mejillitas rojas, corriendo como una cabrita loca.

Basta, Eros.— Su voz no sonó fuerte. Extendió el bastón, como si quisiera detenerlo, pero no lo tocó. El niño paró su carrera viendo su paso interceptado, mirándolo hacia arriba. Pestañas rubias, como las de su madre, y esa mirada de ojos brillantes, brillantes. Una mano en la boca, el mismo gesto del Lirio. Un Lilosito, sí. Bajó la mirada al niño.—No es bueno correr sin dirección.— Le dijo. Eros le mostró lo que traía en las manitas. Galletas. Y una oruga. Pyotr se sintió robado.

Y hacerlo sin evaluar lo que te rodea es peligroso.— Le recordó. Pero la mano pequeña del niño se extendió a él, ofreciéndole la oruga. Pyotr la tomó con cuidado, revisándola. Era verde y gorda, seguramente no tardaba en crear su capullo. —Siempre que huyas, debes aprender primero a dónde huir. Porque entonces, sería reacción. Y eso es predecible, Eros. ¿Comprendes?— Eros ladeó la cabeza, como si estuviera calculando qué era lo que se le intentaba decir. Claro que lo entendía, pero no sabía si Pyotr estaba enojado por robarle galletas. Le extendió, pues, la galletita, medio polvorienta y con mordidas de niño y oruga.

Y algo dentro de Pyotr se derritió.
345 Palabras #11
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No fue el Rey el que se dirigió a Pyotr, sino dos consejeros antiguos, de esos de túnicas impecables y que tenían el aire de haber sido creados en algún año en el que todavía ni Cristo existía, que vieron caer Constantinopla y que quizá y hasta saludaron a Sócrates de puño y nalgada. Esos, esos, precisamente, fueron los que, cuando iba a retirarse del salón, salieron en su búsqueda, como si se hubiera olvidado de pagar algo en la entrada de una tienda.

—Maestro Volkov— empezó uno de ellos, con su tono "educado" que le parecía a veces, insultante. Lo hacían siempre con esa sensación de superioridad, como lo hizo alguna vez Aldo Bellori hacia él, como lo hicieron aquellos que le asignaban las misiones. Como si no pudiera entender, como si no fuera pensante. Como si el "maestro" les costara pronunciarlo. Que no lo hicieran, pensó. Volkov y punto. —Un momento por favor, si es tan amable.— Pyotr se detuvo, aunque no de buena gana. Se giró despacio, apoyándose en el bastón. Mantuvo la espalda recta, sin hacer ningún gesto en particular. Únicamente les dejó caer a los dos hombres el extraño color de ojos encima. El mismo que hizo que un día, casi quisieran venderlo a un burdel.

Por supuesto.

—Disculpe por interceptarlo de esta forma. Es solamente que últimamente hemos recibido... observaciones nuevas respecto a su desempeño durante las audiencias más recientes. No sobre su eficacia, que nadie cuestiona, claro. Más bien, sobre su adecuación en la corte y en el clan. ¿Me explico?

No. No lo hacía.

"Adecuación". La palabra le cayó pesada. Lo hizo quedarse, a medias, sin aire, como si la palabreja ya le indicara por dónde iban. Mas no rezongó, no se movió. Permaneció de pie, impasible. El otro hombre se adelantó a hablar, sin tanto tacto ni cuidado.

—La corte del Clan Tzimisce no suele ser indulgente con ciertos descuidos, habrá de saber, en especial si provienen de quienes no fueron formados dentro del clan. El tratamiento empleado al referirse a Lord Carrow fue simplemente erróneo. ¡Omitió el honorífico completo! Sabe que aquí el honorífico debe ser completo. Los logros son celebrados en el nombre.

¿El nombre? ¿Y a él que le importaba eso, que había dejado de tener nombre hacía mucho tiempo?

—Y no solamente eso. También...

—También está esa costumbre de dirigirse a todos como... si compartiéramos el mismo origen. Entiéndanos por favor, habemos quienes venimos de muy buenos linajes antiguos con siglos de reglas, no todos venimos de clanes jóvenes o de Sires desconocidos. Y usted...— Fue mirado de arriba a abajo, de abajo a arriba. Uno reparó en el bastón. El otro, en el cuervo que portaba con gallardía y honor en la capa asimétrica que le cubría la mitad del torso, bordada en plateado. El orgullo de ser un miembro del Clan Raven se traía siempre de frente. Movió el bastón, sin apretarlo. No les dio el gusto de mirarse molesto, ni en aura ni en movimientos.— Simplemente no lo es. Ni antiguo, ni rumano, ni formado para este tipo de reuniones. Y, mucho menos aún, para esa... cercanía con la Reina, que los dioses me disculpen si entiende a lo que me refiero.

Y ahora sí levantó los ojos.
No. No entendía.
547 Palabras #12
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Se los quedó mirando, en absoluto silencio. Volvió a menear la cabeza, de lado a lado, diciendo que no entendía.

—Verá, Maese. La Reina es joven. Bella. No pertenece a un linaje antiguo ni es una noble de nacimiento. No ha sido educada para estas cortes. La Reina requiere... vaya, contención.

¿Contención? ¿De qué hablan? No es un animal.

—No, no, Maestro, por favor, no se trata de insinuaciones impropias.

—Pero usted comprenderá bien que la imagen importa y que la Reina necesita Guía, distancia. Personas que recuerden su lugar en la corte.

—Un hombre no antiguo, no rumano, con un historial de correcciones constantes de protocolo, tal vez no sea esa persona.

—Tememos por usted y que se alimenten narrativas innecesarias.

Mi lealtad hacia Su Majestad es absoluta.— Respondió, tajante, ahora sí moviendo el bastón hacia adelante. Frunció el ceño. ¿No quedaba claro? ¿No era él quien había ido a salvar a su hijo, quien había llevado a la Reina para ir por el cuerpo de él? Si no fuera así, lo hubiera dejado que se entiesara hacía un buen tiempo. Y no. Estaba allí, en audiencias sin sentido, escuchando vejetes.

—No lo dudamos, no. Su Majestad tampoco, estamos seguros. Pero, a ser sinceros, la lealtad no otorga derechos, Maestro Volkov.

—Y menos aún, cercanía.

Entendido. No volverá a ocurrir.— Se retiró cojeando, sin decir más. Lo acababan de marcar no solamente como extranjero, sino como prescindible, como alguien que ni siquiera pertenecía y que nunca lo haría. Y, para colmo, a ella la enfrascaban en el mismo lugar que a él, el de la jaula de lo externo, en el "no pertenecer". Se sentía frustrado. Si alguien había sido educada en esos ambientes era Lillie. Su padre había sido Ministro en Francia los suficientes años como para quejarse de su gobierno. Uno de mano dura, hasta cruento. ¿Y ahora hablaban de apellidos, de quién los transformó?

Lo peor no era eso. Lo peor era que Lillie notaba todo. Lo había visto más rígido que de costumbre, con respuestas más escuetas de lo normal y mirando a la nada. Ella no lo retó, sino que lo alcanzó en un pasillo cerca de los jardines.

Estás tenso.

No es nada.

Cerró los ojos. Quiso que la tierra se lo tragara en ese momento. Pero esa mujer, ¡ah, joder, con esa mujer! La sintió cerca, y casi podía adivinar que ya tenía las cejitas bajas. Cuando abrió los ojos, efectivamente, ella estaba enfrente, con las manos en el regazo, parpadeando rápido, rápido, tan hermosa como el amanecer. Ni siquiera tuvo fuerzas para hacérselo saber, mas supuso que ella lo sabía.

Sabes que conmigo no tienes que ser nada en particular. Puedo ayudarte a cargar un poquito con eso, si quieres. Si no, también está bien. Podemos mirar el cielo nada más.— Lo desarmó. Siempre lo hacía. Con su gentileza. Con su dulzura. Con su voz. Con su forma de hacerlo sentir cosas que pensó que había olvidado.

No es nada. Sólo es que a veces... a veces siento que estoy fuera de lugar. Como si hablara un idioma que absolutamente nadie entiende, mas que yo. Como si me hubiera ido a Singapur y hablara italiano. Así.— Ella funció el entrecejo. Lo entendía.

No dijeron más. Caminaron despacio hacia los jardines, con una Lillie que no preguntó más pero que iba jugueteando con las flores, como siempre. Pyotr le mostró documentos que en ese momento no tuvieron sentido. Y ella, entendiendo lo que aquello significaba, los tomó, fingiendo que revisaba cosas. Facturas. El recibo de entrega de guirnaldas, ropa para Federico. Un poema feo escrito por Matthew, uno de los cuervos. El aroma del agua le llegó a la nariz, el que existía lejos de salones y miradas curiosas. Fue Lillie quien decidió romper el silencio primero.

635 Palabras Ultima modificación: Abr 29, 2026, 04:05 PM por Pyotr R. Volkov #13
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Pyotr R. Volkov Socio de Costello & Mano del Clan Raven
Yo... lo siento...— Soltó entonces, apretando facturas de lentejuelas verde neón.

¿Por qué?

Por meterte en todo esto. En la corte, en protocolos que ni yo misma entiendo, en expectativas. Quizá es mi culpa que tengas que cargar con cosas que no te pertenecen.— Él negó con la cabeza, deteniéndola ligeramente con el bastón.

No hiciste nada. Yo elegí quedarme, Lirio.— Le dijo. Lillie le sonrió, triste. Le dirigió una de esas miradas tristes, medio herida, porque claro que jamás pensó en que todo eso fuera así. ¡Claro que amaba a Ganimedes! Se notaba a leguas. Pero no amaba los protocolos y tener que involucrar a otros por el amor suyo. Lillie siguió repasando letras, números que de pronto no entendió.

Antonio... ¿cómo era donde creciste?— Soltó, entonces, la pregunta que lo tomó desprevenido. No era dolorosa, pero no era una pregunta que casi nadie le hacía. Tardó en responder, pero lo hizo, quedamente, sin mirarla. Sintió que si la miraba iba a llorar. Y no quería que ella lo viera llorar.

Era un lugar bonito. Había tierra, polvo y casas pequeñas, sin mármol ni elegancia.— Sonrió ligeramente y habló en italiano, porque en ese idioma estaban sus recuerdos. Y porque ahí, en esa lengua, era quien era.—Y ahí, donde yo nací, teníamos papas, acelgas, zanahorias. Un viñedo pequeño que daba uvitas en agosto cada año, lo suficiente para tener vino en navidades. Nada era grande, pero era nuestro. Nuestro.— Lillie permanecía observándolo, en silencio, atenta. La rubia se sentó en el césped, cerca de las avecitas que no volaron por su presencia. Lo que nadie entendía es que eso no era magia. Era ella siendo ella, tan brillante y tan luminosa que los animales y las criaturas se sentían increíblemente atraídas hacia ella. Como él. —Mientras recogíamos la cosecha, a mis hermanos y a mí nos gustaba buscar la papa más grande como si eso fuera una victoria. Y corríamos entonces a la mesa. Siempre corríamos, con papas, con una zanahoria o con un betabel a medio crecer.— Una risa baja se le escapó. Pensó en sus hermanos, en el griterío, y en cómo él era el que ponía el orden porque era el mayor. Su madre estaba orgullosa de él.—Antes de comer, rezábamos, porque mi madre era muggle y debíamos dar gracias de lo que teníamos en la mesa. Éramos tres hermanos. Yo, Alessandro y Francesca. Yo los cuidaba a ellos.— se encogió de hombros.—No era triste. Era simple. Mucho más simple que esto.— Y la miró, como diciéndole que era su turno. Lillie lo imitó, haciéndolo en francés. Habló más bajo que de costumbre.

Crecí rodeada de libros, de silencios. Nadie creía en mí: no era buena para la magia ni para lo que se consideraba importante. Ni suficientemente fuerte, ni tampoco era brillante. Y, sobre todo, no debía ser mujer.— Antonio, Pyotr, hizo un gesto en silencio. Algo como tristeza que le removía. Lo sabía. La profecía que su padre había dado antes de que ella naciera. Esa historia la conocía, por Philippe.—Esperaban de mí algo que no entendía y, cuando no lo daba, apartaban la mirada. Como ahora.

Pyotr rió. Tenía mucho que Lillie no lo escuchaba reír.

Imagina fingir ser algo que nadie entiende.— Y ahora fue ella la que rió.

Entonces somos un ruso imaginario, una reina real y... extranjeros.— Resopló. Se encogió de hombros.

Tal vez por eso nos entendemos. Y tal vez, por eso me quedé. Porque ninguno de los dos nació para pertenecer, sino para crear su propio espacio.— Ella le sonrió, rodeada de maripositas blancas.

Y, si eso no era crearse un espacio, entonces no entendía lo que era.
614 Palabras #14
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Aquel día pintaba a ser como cualquier otro. La vida en el Castillo solía ser más bien nocturna, así que, cuando despertó, cerca del atardecer, no esperaba ver tanto movimiento. Iban y venían. Vampiros por aquí, vampiresas por allá, todos con prisa. Unos movían un jarrón, otros un cojín. Las pinturas de la reina. Otro, más allá, se asomaba debajo de un mueble. No apresuró el paso y tampoco preguntó, sino que se dirigió con el mismo silencio cadencioso a la habitación de su Majestad, la Reina, en la Torre de la Reina, donde sospechaba que encontraría respuestas y qué era lo que estaba sucediendo. Y, efectivamente, vio a las doncellas ir y venir. Se encontró a Espectro en la puerta, que lo vio de mala gana. Traía el cabello largo suelto, y parecía no haber dormido nada.

—¿Qué quieres, Volkov?

Ver a la reina, naturalmente.— Ella negó con la cabeza. Se dio la media vuelta y se fue, y entonces, escuchó a Bea lamentarse porque no la hallaban. No se quedó fuera, sino que entró sin anunciarse, como si nada. Miró a Bea, que era la que más afectada parecía, jugueteando con el cepillo de pelo de Lillie. —¿Y la reina?— Le preguntó. Espectro casi lo fulminó, azotando la puerta con la varita, dejándolos dentro. Bea abrazó un cojín.

—¡No sé!— Y echó a llorar. Porque su obligación era cuidarla, y había fallado en su cometido. Pyotr curvó ligeramente los labios. Le pareció divertidísimo que se les perdiera la reina dentro de los terrenos del castillo.

¿Las flores?

—Nada, Señor Volkov.

¿El lago?

—No.

¿El bote?

—Nada, ¡nada!

¿El taller?

—La están buscando allí. Pero no creo que aparezca entre encajes...

¿Las repisas?

—¿Qué? No está ayudando, Maese Volkov. Deje de decir disparates.— Y volvió a llorar. Supuso que las doncellas eran parecidas a la señora a la que servían y por eso lo hacían con tanto gusto. ¿Pero no era evidente que tenían que buscar en todas partes, y en los lugares más ridículos? Una vez se la encontró colgando de cabeza entre las copas de cristal. Y, a su juicio, la Reina estaba en un momento delicado. Cualquier lugar era bueno para una mujer embarazada que la estaba pasando mal durante el proceso. ¿No era fácil?
379 Palabras #15
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Se encogió de hombros, y siguiendo su corazonada y sin decir palabra, abrió la puerta que había cerrada con fuerza y salió, para dirigirse a las cocinas desiertas donde nada había más que los trastes limpios preparándose para alojar la sangre que serviría de alimentación para la familia real... cuando Lillie apareciera, por supuesto. Y según sus cálculos, debería aparecer antes de la cena, antes de que eso fuera una búsqueda con perros y helicópteros-Rocs. Caminó calladamente, tratando de no apoyarse en el bastón por todo el lugar, inclinándose a escuchar la alacena principal, sin éxito. Nada pareció fuera de lo común, a excepción... a excepción de un pequeño caminito de miguitas sobre una encimera. No eran muchas, pero eran migas, pequeñitas y doradas, que iban directamente a una de las alacenas, a la que contenía las especias. Abrió la puerta con cuidado, siguiendo las migas que se detenían cerca de un tarro, y fue que un sonido se hizo claro.

Ñom, ñom, ñom, ñom. Chrp, ñom. Ñom.

Alzó una ceja.
Escuchó un golpecito como de tapa de porcelana. Otro golpecito. Quejas.

¡Chrp! Chrp. Chip, ñom, ñom, ñom, ñom.

Tomó entre las dos manos la azucarera, con suma delicadeza, destapó el contenedor, y al hacerlo...

...la halló, a media travesura.

Era una murcielaguita perfectamente redonda, porque dentro de su barriguita alojaba vida. Estaba cubierta de pelaje blanco, tenía la naricilla, las manos y las orejitas amarillas, y estaba cubierta, completamente, de azúcar. Entre las manitas tenía un terroncito, que masticaba con ahínco, con los colmillitos puntiagudos que le salían del hocico amarillo.

Hola.

¡Chrp! ¡CHRP!

Voló un terrón de azúcar, cerca de su nariz.

No, no la voy a tapar.

¡Chip, chip, chip!

Ya sé que te quedaste encerrada.

¡¡CHRRRRRP!!

Voló un terroncito de azúcar de nuevo. Ahora le cayó sobre la capa.

Oye, no. Ven acá. Tienes a todo el castillo buscándote.

¡¡CHRRRRRP!! ¡¡CHRRRRRRRRP!!

No te transformes. Será peor.— La sacó de allí, volvió a guardar el bote, y al no encontrar dónde llevarla, la metió al bolsillo de su abrigo, sintiendo el aleteo incesante y pataletitas berrinchudas.
350 Palabras #16
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Se la llevó, pues, a su habitación en la Torre de la Reina, donde tendría un poco más de privacidad y donde podría alborotar menos el asunto por todo el castillo. No era lo ideal que supieran que la Reina se había quedado atascada en la azucarera por su forma particularmente redonda cuando tenía transformación animal, y tampoco que había tenido antojitos de media tarde. Espectro estaba de nueva cuenta en la puerta, rodando los ojos cuando lo vio aparecer al fondo del pasillo. Se cruzó de brazos, de mala gana.

—¿Y ahora qué quieres?

No dijo nada, sino que extrajo de su bolsillo a aquella criatura blanca, estornudando azúcar, aferrándose a su guante, abrazada a sus dedos, moviéndose dificultosamente entre la forma perfectamente esférica y entre la cantidad de azúcar que le cubría el pelaje.

—¿Qué? ¿Dónde?

La azucarera.— Fue lo único que comentó, entrando a la habitación de forma tranquila. Bea estaba indicándole a algunas doncellas donde buscar, mas al verlo, se detuvieron, ella y su explicación.—Vayan y hagan lo que Bea les indica.— Pidió. Las doncellas reverenciaron y salieron a toda prisa, buscando a su señora casi con emoción. Cuando Bea levantó la mirada llorosa, él le mostró lo mismo que a Espectro. La misma murcielaguita haciendo berrinche, ahora masticando un pedacito de galletita que seguramente se había traído consigo. La traía muy sujeta entre las dos manitas, con las alitas pegajosas y espolvoreadas. Era una trufa, una pequeña y apetitosa trufa, redonda, blanquecina, curiosa y muy activa, que se rascaba las orejitas de tanto en tanto y que les miraba desde el guante de Pyotr, medio regocijándose por la travesura, y medio quejándose porque la habían encontrado a la mitad de su hazaña. ¿No era mejor que la hubieran dejado así...? Bueno, en realidad no. Había estado empujando la tapa y no había logrado salir, de no ser por Pyotr.
315 Palabras #17
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—Por los siete...

Trae agua caliente, por favor. Necesito ayuda para limpiarla.— No tuvo que decirlo dos veces. Le fue acercado un jarrón de porcelana y el lavatorio de manos de la reina, mientras la gordita era acomodada en la porcelana, donde la sentaron. No pudieron ponerla de cabeza, así que la criaturita medio rodó. Se llevó las alitas a la barriguita, chrrrrp, emitió, agitando las alitas y como diciéndoles que estaba muy satisfecha ya. Estornudó azúcar dos veces, se rascó una orejita y la pancita. Ahora ya tenía migas en todo el cuerpo también.—No vayas a transformarte. Vas a llenar todo de azúcar. Bea tendrá que limpiar, y todos sabrán que te hallamos en tus antojitos de media tarde.— Aconsejó, retirándose los guantes con cuidado, dedo por dedo. Bea prestó atención a sus manos, como si jamás hubiera visto unas, a lo que Pyotr únicamente le frunció el ceño. ¿Qué? Sus manos eran normales, como todas, grandes, de dedos largos y ágiles para la recolección de papas. Se retiró el abrigo y se arremangó la camisa, dejando entrever el tatuaje más reciente. Un cuervo bebiendo de una copa, símbolo del orgullo de su clan. Y entonces, pidió que Bea fuera dejando caer agua del jarrón, al tiempo que tomaba a la resbalosa criaturita que no dejaba de moverse ni de quejarse.

CHIP CHIP, ¡CHIIIIIP!

Empezó entonces, con gritos pelados porque le cayó agua.

Ni modo. Tienes azúcar hasta en la conciencia.— Le recordó. La hizo abrir las alitas, le limpió las manitas, las patitas, y luego la giró, para lavarle el traserito esponjoso con cuidado.

¡¡¡¡¡C H R R R P!!!!!

Y mientras la tenía así, sintió mordidas en los dedos, con Bea ayudándole a alzarle el rabito para limpiarla toda.

No me muerdas. No fui yo quien se fue a comer turrones.

¡¡CHRP!! CHIP CHIP, ¡¡¡¡CHIIIIIIIIIIIIIIIP!!!!

Bea soltó una risa, divertida, y a Pyotr también le hizo gracia cómo gritaba y lo aguerrida que era a pesar de no medir más de cinco centímetros.

No me grites. Ya casi terminamos.— Entre chirps y chips-chips, terminó lavadita, y no sólo eso, esponjadita, porque el trapito en que la envolvió Pyotr le sacó lustre y frizz. Durante un momento, la secó y la puso entre sus manos, como dejándola retozar el agua. Entonces, la pasó a Bea envuelta en esa misma toallita pequeña, y Bea la acomodó en una mucho más grande, mucho más suave, acomodándola a la mitad.—Ya puedes transformarte.— Volvió a bajar la manga de la camisa, a ponerse los guantes, y mientras lo hacía, apareció la rubia, dándole la espalda, envuelta en la toalla que Bea preparó y mirándole de reojo, indignadísima. No, eso no era indignación. Era la indignación del siglo, una jamás vista. Hacía un mohín de tristeza, y luego le sacó la lengua, y a él le pareció que era la criatura más bella que había pisado el planeta tierra. Sonrió.

Sin papeleo. ¿Oíste?— Bea le preparó vestidos bonitos a su Majestad, que olía a jaboncito de manos y a la que le habían lavado el azúcar. Se agitó un poco, sacándose azuquitar de un oído.

Sin papeleo.— Reverenció.

Me guardaste en tu bolsillo y me lavaste en el lavamanos.— Bea sonrió. Pyotr hizo lo mismo.

Sin papeleo.— Repitió, saliendo del lugar e indicándole a Espectro que ya estaba segura la Matriarca. Supo que no había forma de tener días normales mientras Lillie existiera.


573 Palabras #18
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