[ FIC] 8 Privet Drive - La hora de las sombras

Publicado por Artemio R. Grans, Feb 07, 2026, 05:24 PM

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El barrio amaneció el 1 de noviembre con su aspecto más habitual: limpio, apacible y un tanto orgulloso de sí mismo. Ni una hoja fuera de lugar, ni una cortina mal corrida, ni un coche estacionado en el ángulo equivocado. Era el tipo de calle donde la rutina se consideraba una virtud y cualquier ruido después de las nueve de la noche, una amenaza al orden social.

Por eso, para Shaun, la noche anterior había sido insoportable.
Halloween había convertido la respetable calle en un desfile de capas negras, linternas y carcajadas. A los niños de la zona les había parecido una gran idea tocar el timbre de cada casa, incluso cuando la luz del porche estaba apagada, y Shaun —cuya habitación daba justo a la calle— no había logrado concentrarse ni un segundo.

Tenía diecisiete años y acababa de terminar el colegio. Es así que lo que lo desvelaba últimamente no eran los exámenes, sino las plantas. Desde hacía meses leía todo lo que encontraba sobre herbología y botánica. Le fascinaban los procesos lentos e invisibles de la vida vegetal: cómo una semilla podía abrirse paso entre las piedras, cómo un tallo seguía la luz del sol como si tuviera voluntad propia.

Su madre decía que se le pasaría cuando conociera a una chica. Él respondía que ninguna chica podía hacer fotosíntesis, y eso cerraba la conversación.

Aquel 1 de noviembre, sin embargo, había dormido hasta el mediodía. Se levantó con la vaga sensación de que el barrio entero lo juzgaba por haberse quedado despierto hasta tan tarde. En el número 6, el señor Hollis ya estaba barriendo la acera; en el 10, la señora Peebles tendía sábanas blancas que relucían como si compitieran con el cielo. Shaun se asomó apenas, con el cabello revuelto, y decidió que era mejor no saludar a nadie.

A media mañana, cuando el sol empezaba a filtrarse entre los setos recién podados, Shaun decidió salir a caminar por el barrio. Privet Drive siempre olía igual a esa hora: una mezcla de pasto húmedo, pan tostado y pintura fresca. Le gustaba esa rutina ordenada de los domingos, ese silencio que solo rompían los autos de los vecinos más ostentosos.

Sin embargo, algo lo hizo detenerse al llegar a la esquina.
En el cielo, varias lechuzas sobrevolaban la calle con un vuelo nervioso, casi errático. Pasaban tan bajo que sus alas rozaban los cables del alumbrado.

Shaun frunció el ceño.
Nunca había visto lechuzas en Privet Drive. Gorriones, sí. Palomas, también. Pero lechuzas... jamás.
Por un momento pensó que podían haberse extraviado, aunque la idea no tenía sentido.

Le vino a la mente la estación de King's Cross, donde a veces tomaba el tren para visitar a su abuela. Allí sí era común ver una o dos lechuzas posadas en las vigas altas, e incluso alguna vez había notado gente con jaulas cubiertas que se movían, como si dentro hubiera algo vivo. Le había parecido curioso, pero lo atribuyó al mundo de los criadores de aves o a alguna moda excéntrica de la ciudad. En realidad, ni siquiera se habría acordado de aquellas lechuzas si no fuera por las que veía ahora, en esta parte del barrio.

Pensándolo bien, nunca le llamó la atención que hubiera tantas en una estación, ni que eso ocurriera, casualmente, al comienzo y al final del año escolar.

Pero aquí, en su propio barrio, entre setos y buzones idénticos, la escena era inconcebible.
Las aves giraban, chillaban de un modo agudo y desaparecían entre los tejados.

Shaun se quedó mirando un rato más, con una sensación difícil de explicar: no era miedo, pero tampoco simple curiosidad.
Finalmente, siguió caminando.

Unos metros más adelante, en la farola frente al número doce, un cartel de colores yacía inmóvil. Se acercó para leerlo:

PROGRAMA DE INMERSIÓN NATURAL – LAGO WINDERMERE
10 al 24 de noviembre
Experiencia intensiva en observación y estudio del entorno vegetal.
Prácticas al aire libre. Cupos limitados.

El papel, amarillento por el sol, tenía una textura rugosa, casi como de corteza.
Shaun pasó los dedos por las letras y notó un leve olor a tierra húmeda.

"La naturaleza enseña a quien sabe escuchar."

Con tanto que me gusta la vegetación, pensó.

Esa noche volvió a su refugio: la habitación que tanto amaba.

Era un espacio pequeño pero ordenado, con estantes repletos de libros y una lámpara amarilla sobre la mesita de noche. Tenía también una ventana amplia, orientada hacia la calle, justo debajo de un farol público que arrojaba su luz sobre el jardín delantero. Shaun conocía bien la ventaja de esa disposición: con la lámpara encendida, la claridad del farol impedía que desde afuera se notara que aún estaba despierto.

Le gustaba esa sensación de invisibilidad al mismo tiempo de sentirse el único que respiraba mientras el resto del vecindario dormía.

A las once, abrió un viejo tomo de encuadernación verde titulado El lenguaje secreto de las plantas. No lo había comprado nuevo; lo había encontrado semanas atrás en una librería de segunda mano, entre un manual de jardinería y una guía para criar canarios. Las primeras páginas hablaban de cómo ciertas especies reaccionaban a la música, a los estímulos eléctricos e incluso —decía el autor con una seriedad desconcertante— a las emociones humanas.

Shaun sabía que eran disparates, pero le gustaban esos disparates.

Llevaba media hora leyendo cuando un sonido lo hizo detenerse.
Un crack seco, como si algo hubiera pisado una rama en el jardín.

Levantó la vista.
Nada. Solo el tic-tac del reloj.

Intentó concentrarse otra vez, pero el ruido volvió, un poco más fuerte. Esta vez venía de la vereda.
Se incorporó y caminó hasta la ventana. Corrió la cortina apenas un centímetro, lo suficiente para mirar hacia afuera sin ser visto.

El farol del frente iluminaba una porción del jardín y parte de la acera. Todo parecía en orden, salvo por una presencia en el cordón: un gato atigrado, de pelaje oscuro, sentado con la cola enroscada sobre las patas.

Shaun exhaló, aliviado.
—Un gato —murmuró—. Claro.

Iba a volver a su cama cuando reparó en algo extraño.
El animal no se movía. Ni siquiera parpadeaba. Miraba hacia la esquina de la calle, inmóvil, como una estatua.

Shaun frunció el ceño. El gato debía de pertenecer a alguien del barrio —no había gatos callejeros en este barrio—, pero esa quietud le resultaba antinatural.

Esperó un minuto. Dos. Nada.
Volvió a sentarse, intentando ignorarlo.

Y entonces lo oyó: un sonido leve, ajeno, como si el aire se partiera por un instante.

El gato giró la cabeza.

Shaun se incorporó otra vez, sintiendo cómo la piel del cuello se le erizaba.

Desde la esquina izquierda de la calle avanzaba una figura. Al principio creyó que era un hombre, pero la luz del farol no alcanzaba a definirlo bien. Caminaba despacio, con una especie de capa larga que se movía a cada paso.

—Será algún vecino —pensó, aunque no recordaba a nadie que vistiera así.

El desconocido se detuvo junto al gato.
Shaun lo observaba con atención.
El hombre se agachó, dijo algo que no alcanzó a oír y el gato levantó la cabeza con solemnidad, como si entendiera.

Shaun permaneció inmóvil frente a la ventana, sin parpadear.
El hombre hablaba en voz baja, con un gesto pausado, casi amable, y el gato seguía mirándolo con la misma quietud. No alcanzaba a oír ni una palabra, pero el murmullo le resultó extrañamente familiar, como si aquel tono perteneciera a una conversación corriente que se volvía inexplicable solo por el lugar y la hora.

Pensó en llamar a su madre, pero desechó la idea enseguida. Ella se alarmaría, tal vez creería que alguien rondaba la casa y empezaría a gritar por la ventana, como había hecho la vez que un zorro se metió en los cubos de basura. No quería eso.

—Solo es algún loco —murmuró, intentando convencerse—. Gente volviendo de alguna fiesta.

Sin embargo, la forma en que el gato alzaba la cabeza y el hombre se inclinaba hacia él no tenía nada de normal.

Y entonces ocurrió algo aún más raro.
El farol del frente —ese farol que nunca fallaba— se apagó con un leve destello. Luego le siguió otro, y otro.

El corazón de Shaun dio un vuelco. Retrocedió un paso, luego otro. Las luces de las casas seguían encendidas, así que el apagón no era general. Solo las farolas habían muerto, pero de una a la vez, con intervalos de pocos segundos entre una y otra, hasta sumir la calle entera en una oscuridad absoluta.

—No puede ser —susurró.

Sintió cómo le temblaban las manos.
Pensó en ir hasta el pasillo a encender la luz, pero algo dentro de él le impidió moverse. Había un silencio que pesaba, un silencio distinto al de las noches corrientes.

Shaun pensó que debía estar soñando.
Se frotó los ojos, los volvió a abrir, pero las luces seguían encendidas, y las dos figuras seguían allí, perfectamente reales.

La curiosidad venció al miedo.
Necesitaba ver mejor. Si se quedaba en su habitación, el marco de la ventana le tapaba parte de la calle. Recordó que la habitación contigua —la que su madre usaba como depósito— tenía una vista más amplia.

Cruzó el pasillo a oscuras, con pasos cuidadosos para no hacer crujir el piso. La casa entera parecía contener el aliento. Entró en la otra habitación y apartó la cortina apenas unos centímetros.

Desde allí pudo ver algo más: el hombre hablaba solo.

O eso creyó, hasta que el gato se movió de una forma extraña.

Su silueta pareció alargarse, estirarse, hasta que las patas ya no fueron patas sino piernas, y el pelaje se disolvió en una sombra más densa que la noche.

Shaun parpadeó. Donde estaba el gato, ahora había una mujer.

Alta, de cabello recogido, envuelta en una capa oscura.

No había manera de que hubiera estado allí un segundo antes; simplemente había aparecido,allí donde estaba el gato.

Shaun tragó saliva.

El pánico lo paralizó.

—No... —musitó, dando un paso atrás.

Las manos le sudaban. La garganta le ardía.
Sabía lo que había visto: el gato había cambiado de forma, había crecido, se había erguido, y en su lugar había quedado una mujer.

Shaun se apoyó en la pared, con la respiración agitada. Todo su cuerpo temblaba.
Intentó pensar con claridad: Debí parpadear. O tal vez se acercó otra persona sin que la notara. El gato habrá escapado, y justo entonces llegó la mujer... sí, eso fue.

Pero no lo creía. No del todo.

Desde la ventana, las voces se oían de nuevo.
Hablan despacio, con un tono que no se correspondía con la hora ni el lugar. No era una charla de vecinos; había una gravedad en esas palabras, una calma que parecía venir de otro mundo.

Shaun no entendía ni una frase.
Aun así, la voz del hombre tenía algo casi hipnótico. La mujer respondía en tono firme, y él imaginó, sin saber por qué, que discutían sobre algo importante.

De pronto, un nuevo sonido, distinto a todos los anteriores, llegó desde lejos. Un rugido profundo, irregular, que se fue acercando.
No era un coche.
Era un zumbido grave, áspero, que resonaba en el aire como un trueno contenido.

Shaun apretó los puños.
—No... esto ya es demasiado —susurró.

El rugido se acercó hasta detenerse frente a las figuras. Luego, silencio.

El corazón de Shaun martilleaba tan fuerte que temió que lo oyeran desde afuera.

Quiso mirar, pero no se atrevió.
Se obligó a asomarse solo un poco más, apenas lo necesario.

Lo que vio lo dejó sin respiración: algo enorme terminaba de apoyarse en el suelo, envuelto en humo. Encima había un hombre gigantesco, con una barba desordenada y una chaqueta marrón.

El hombre del abrigo largo sostenía un bulto entre los brazos. Algo pequeño, envuelto en una manta. Lo observaba con una ternura tan extraña que Shaun sintió, de pronto, una punzada de culpa por estar mirando.

—¿Un niño? —murmuró.

La mujer bajó la cabeza. Parecía cansada, o triste, aunque no alcanzaba a verle el rostro. El gigante, en cambio, daba la impresión de estar a punto de romper en llanto.

Aquella escena era tan absurda, tan fuera de lugar, que por un momento el miedo se mezcló con la fascinación. ¿Qué hacían tres desconocidos, a medianoche, a pocos metros de su casa, con un bebé en brazos?

Shaun buscó alguna explicación lógica.
Tal vez eran familiares o amigos de algún vecino, aunque nunca había visto a nadie así en el barrio. El hombre mayor parecía salido de un museo, la mujer de una película antigua y el gigante... el gigante no cabía en ninguna categoría que conociera.

El hombre del abrigo se inclinó y dejó el bulto sobre el suelo, en el Número 4, la casa de los Dursley. El otro hombre sacó algo del bolsillo —una carta, quizás— y la depositó encima. Permaneció un instante inmóvil, como dudando, y por primera vez desde que lo veía, Shaun sintió compasión por él.

"Sea lo que sea que estén haciendo", pensó, "no parece algo malo."

El gigante se pasó una mano por la cara y, aun desde la distancia, Shaun creyó ver el brillo de una lágrima. La mujer habló otra vez, con una voz baja pero firme. El hombre asintió.

Y entonces, sin previo aviso, el hombre del sombrero levantó la misma cosa que había usado antes. La agitó suavemente y, con un movimiento casi imperceptible, todas las luces de la calle se encendieron.

Shaun soltó un jadeo. La claridad había vuelto.
En ese momento, se escuchó un zumbido, un golpe de aire, y luego nada.

Esperó unos segundos.
Volvió a mirar.

La calle estaba vacía.

No había hombres, ni mujeres, ni gigantes.
Ni rastro del bulto ni del gato. Solo el silencio como si nada hubiera ocurrido.

Shaun permaneció allí un buen rato, incapaz de moverse.
Tenía las piernas entumecidas, los ojos fijos en el número cuatro. El mundo seguía igual, pero algo, en su interior, sabía que no lo era.

Cuando al fin pudo reaccionar, regresó a su habitación, cerró la ventana y se sentó en la cama, con la lámpara apagada.
El libro seguía abierto donde lo había dejado, pero las palabras parecían de otro idioma.

Intentó razonar.
Las luces podían haber fallado, los sonidos haber sido ecos de algún vehículo extraño, y las figuras... las figuras podían haber sido una ilusión, sombras creadas por el farol o por su propia imaginación cansada.

Pero lo del gato... eso no.
Ninguna mente cansada inventa un gato que se transforma en una mujer.

Se pasó las manos por el rostro.
—Estoy perdiendo la cabeza —dijo en voz baja—. Eso debe ser.

Sin embargo, algo dentro de él se negaba a aceptarlo. Había visto. Lo sabía.

Se recostó sin apagar la lámpara.
El sueño no llegó.
A cada minuto, el silencio parecía más profundo, más antinatural.

Shaun permaneció inmóvil un largo rato después de que las luces volvieron.
El silencio parecía más pesado que antes, como si la noche misma estuviera agotada. El aire olía distinto, húmedo y denso, con ese aroma que queda después de una tormenta... aunque no había llovido.

Poco a poco, se animó a respirar con normalidad.
No había ni rastro de las tres figuras. Ni del gato. Ni del niño. Solo la vereda impecable de siempre, el césped ordenado, la calma fingida de aquel barrio.

Era absurdo pensar que todo eso hubiera ocurrido en el mismo lugar donde el día anterior los vecinos discutían por los cubos de basura o el tamaño del seto. Pero había ocurrido. Estaba seguro.

Cerró la ventana con cuidado.
El vidrio reflejó su rostro pálido, los ojos abiertos de par en par. Le costaba reconocerse. Parecía alguien más.
Se sentó en el borde de la cama y se quedó allí, escuchando los ruidos de la casa. La nevera, el crujido del piso, el tic-tac del reloj. Todo volvía a sonar normal, pero ya no podía creer en esa normalidad.

Intentó volver a leer, pero no pudo concentrarse. Las palabras se mezclaban, vacías de sentido. El libro cayó abierto sobre la colcha, y Shaun permaneció con la vista perdida, reviviendo lo que había visto una y otra vez.

La idea de que todo aquello fuera un sueño lo tranquilizó por un momento. Pero en el fondo sabía que no lo era. Ningún sueño deja el corazón latiendo así.

El reloj marcó las tres cuando se recostó sin apagar la luz.
Miró el techo, inmóvil, esperando que el sueño lo venciera. No llegó.
A las cuatro, escuchó el primer coche de la mañana; a las cinco, el canto tímido de un pájaro; y cuando el cielo empezó a clarear, sintió un cansancio extraño, como si hubiera pasado una semana en una sola noche.

Desde la ventana vio cómo la calle recuperaba su aspecto de siempre.
El número cuatro, impecable, sin huellas, sin cartas visibles en el porche.
El número seis, con el señor Hollis ya barriendo la acera, como si la noche nunca hubiera existido.

Shaun se vistió con lentitud, incapaz de quitarse la sensación de que algo invisible seguía allí, escondido entre los jardines y las farolas.
Por un instante pensó en contárselo a su madre, pero se detuvo: ¿qué podía decir? ¿Que había visto las luces apagarse y encenderse solas? ¿Que un gato se convirtió en una mujer?

Nadie le creería.
Ni siquiera él estaba seguro de creerlo del todo.

Miró una vez más por la ventana.
El sol apenas asomaba, tiñendo los tejados de un color cálido.
El aire olía a pan tostado y a pasto húmedo. Todo parecía normal.
Y, sin embargo, algo había cambiado para siempre en Privet Drive.

Shaun aún no lo sabía, pero esa noche —la primera en que el silencio le dio miedo— marcaría el comienzo de todas sus preguntas.
2968 Palabras
  • Madera de Avellano
  • Núcleo de Pelo de Cola de Unicornio
  • 28 cm

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