[Fic] Ajinde

Publicado por Naima Oyá, Abr 23, 2026, 10:02 PM

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Naima Oyá Estudiante
El anciano tocó la mejilla de la joven apoyada sobre el tronco de un árbol. De no haber sabido de antemano lo que encontraría habría pensado que la muchacha estaba durmiendo, pero no, su piel antaño cálida se había tornado marmórea y su belleza, deslumbrante incluso cuando su alma no estaba allí, le robó por un momento el aliento. Orunmila le había advertido el momento y el sitio en el que tendría que acercarse a ella, y él había cumplido, así como había cumplido en contarle sobre el lugar en el que estaban.

Sacó de su bolso las piezas de la Ifá y las lanzó, haciendo una última lectura antes de proseguir. Aquel ritual no tenía margen de error. Él había ayudado a traer a Oyá al mundo aunque la joven no lo supiera y era él ahora a quien le tocaba hacerla volver.


Después del viaje a África parte de las pesadillas de Naima se había ido disipando, aunque no por completo. Aún había muchas noches en las que se despertaba gritando, asustada, sintiéndose ahogarse en el lago negro, sumida en las turbias aguas de su impotencia y su inutilidad. Que seas Oyá no tiene que significar que tengas que atravesar exactamente su mismo camino, le había dicho el babalawo, y eso había traído algún alivio somero a su alma, sin embargo, aún no podía lograr digerir su frustración y su cobardía aparente.

Tras la madrugada en que se habían encontrado con @Albert Wright en la sala común había bajado muchas veces a hurtadillas a ver si la casualidad volvía a favorecerla, pero no había ocurrido, así que sus madrugadas insomnes transcurrían en una apesadumbrada soledad. Odiaba admitirlo pero en esa charla a medias sin sentido sobre bailes sin receta y chocolate caliente había encontrado un poco de paz en medio de su tormento. Su ánimo, cada vez más resentido e irritable, la había imposibilitado de ir a clases o de vincularse con alguien más. El único que solía soportarla o que había logrado romper su ostracismo había sido Elián. Elián, siempre Elián. Elián el que había sido capaz de arrastrarla a la ceremonia de Navidad que terminó con árboles que les disparaban; Elián el que se había atrevido a llamarla orisha tonta en San Mungo; Elián el que se había transformado en Okapi para llevarla cuando ella no podía salir de su ensimismamiento, el que había retado a los profesionales... Pero hasta Elián había desaparecido de su lado: tenía a Jonathan, tenía a su madre, su tío, su abuela... Elián no era como ella, no era DE ella, él tenía una familia que lo esperaba y que le demandaba tiempo. Familia y preocupaciones que no compartía con esa orisha tonta porque tenía a su gigante y todo un mundo de cosas y personas de las que ella no era parte. El lago negro se lo había mostrado, y ella lo sabía. Había sabido todo el tiempo que en algún momento iba a tener que desprenderse porque tampoco estaba bien que dependiese de semejante forma de él, pero... ¿saberlo hacía que doliese menos? Sabía que era absurdo, pero lo extrañaba de una forma que le hacía doler el cuerpo. Antes porque estaba preocupada al no tener noticias de él, y ahora que sabía que estaba mejor no podía sino sentir la ausencia.

El babalawo le había dicho que el Ori de ambos estaba conectado, pero también que él no era ninguno de los tres que ella buscaba. En alguna medida dicha confirmación le dio cierta alegría y también un poco de dolor. Si bien jamás lo diría en voz alta, le hubiese gustado pensar que él era... aunque... igual a él le gustaba alguien más, así que mejor que no, mejor que no lo fuera. Movió la cabeza, sonrojada, avergonzada por la clase de estúpidas ideas que le atravesaban su cabeza, bastante tenía con los rumores sobre Bastian y el posible romance con ella. Además, Elián es como un  hermano, ¿cómo podía desear que fuera otra cosa? Había lealtades que duraban incluso más allá del amor. No obstante, no pudo evitar sonreír al recordarlo sentado a la mesa en su pueblo, tratando de comunicarse con los demás, siendo objeto de pequeñas bromas y variadas atenciones... Aquella había sido la primera vez que llevaba a alguien y todos habían dado por hecho..., pero no, mejor no pensar en ideas absurdas. ¿Sabría Elián lo que significaban los ideogramas en la túnica que había elegido? Inmerso en un mundo donde el binarismo es regla, ¿entendería la importancia de la dualidad? Algún día, quizás, le hablaría sobre ello... aunque cada vez parecía que hablaban menos...

Aún habiendo vuelto a su pueblo después de tantos años, la pérdida de Simisola, la autoimpuesta soledad en la que se encontraba sumida desde el regreso y los distintos eventos del mes anterior la dejaron abatida. Sumado a esto, el babalawo le había dado a entender que el secreto de su origen estaba en un pueblo cercano a su lugar de origen y la idea de escaparse a visitarlo la había estado atormentando desde entonces, pero no había conseguido el permiso para ir. ¿Existían todavía miembros de la familia de su madre? ¿Encontraría algo que le permitiese saber más de ella? Por años se había limitado para no hurgar en una herida que en realidad nunca había estado cerrada porque nadie le contaba nada... y ahora, ahora que tenía nuevos datos, parecía estar atada de pies y manos.

Encima, desde que había vuelto cada día se sentía más débil, como si algo drenara su energía. Tras una breve mejoría, había vuelto a perder buena parte de su apetito usual. Deambulaba por los jardines y los pasillos de Hogwarts sin ánimo para ir a clases ni asistir al Ministerio ni conversar con nadie. Dormía mal, comía mal, no podía concentrarse. Por un momento pensó que había contraído la misma peste que se había llevado a su padre, pero le dijeron que no. Al final, le dieron un pase por enfermedad con el que se liberó de todas sus obligaciones por un tiempo. Pero ella era Oyá, y ella nunca se enfermaba. ¿Sería aquella otra prueba para medir si merecía ser una orisha o era el castigo que le estaban imponiendo por sus dudas y su falta de fe?

Con el paso de los días las pesadillas con @Ivar Solheim cantando comenzaron a alternarse con otra de su madre, parada sobre una gran roca en su pueblo, señalándole al oeste. Noche tras noche el mismo sueño recurrente venía a despertarla junto a la desesperante necesidad de ir hacia donde le marcaba. Era la misma sensación que cuando, mucho tiempo atrás, empezó a recibir las señales de que tenía que ir a Uagadou sólo que para el punto cardinal exactamente contrario.

Estuvo así durante días, hasta que un día, ya harta, consiguió un traslador, puso en su bolso las cosas que creyó que podía llegar a necesitar y se fue a Alkebulan sin pedirle permiso a nadie y, por esta vuelta, sin siquiera avisarle a Elián. Esta vez no llegó a entrar en su pueblo; en cambio, lo rodeó hasta encontrar un camino siguiendo las indicaciones que le llegaban en sueños.
 
Los primeros kilómetros del viaje fueron fáciles de atravesar: conocía la sensación familiar del agotamiento por el exceso de ejercicio y su voluntad y deseo firme de llegar la mantuvieron en pie a pesar de su andar tambaleante. Sin embargo, día tras día su energía decaía aún más. De haber sido una humana normal habría sabido que tenía fiebre: su cuerpo ardía, las articulaciones le dolían hasta cuando no se movía, le dolía la cabeza, había perdido el apetito por completo y hasta veía cosas que no estaban ahí. Pero ella era Oyá, no una humana normal, y enfermarse no era una opción, menos aún rendirse. Así que siguió caminando, kilómetro tras kilómetro, con los pies llagados y el cuerpo adolorido, siguiendo el rastro del camino señalado en su duermevela, hasta que encontró una arboleda extrañamente familiar. Sabía que nunca había estado ahí y, al mismo tiempo, sentía desde lo profundo de su ser que era el lugar que estaba buscando.

Cuando se recostó contra el árbol estaba tan cansada que no habría podido cubrirse de plumas ni aunque hubiese explotado de furia. Asimismo, sin que se diera cuenta, había comenzado a llorar.

-Todo vive, todo muere, todo es un ciclo. -Sacó de su bolsillo un pañuelo y limpió las marcas de lágrimas del rostro de la muchacha. ¿Habría hecho algo diferente de haber sabido el destino que tendría la madre de la joven cuando la conoció casi veinte años atrás? Orunmila no le dejó ver más allá de que su Ori estaba vinculado al nacimiento de Oyá, no se lo dijo hasta que fue demasiado tarde... ¿Conocía las debilidades de su carne, tan humana, tan voluble, y el ferviente deseo que tendría de salvarla o simplemente le había resultado indiferente teniendo en cuenta que su Ori había sido decisión de la madre y él no podía intervenir en ello más que para ayudarla a cumplirlo? Orunmila sabía lo que le mostraba y lo que callaba. Él, en cambio, no era más que un babalawo. Hombre e hijo de Orunmila, pero hombre al fin.- Amar la muerte para amar la vida. Amar la vida para amar a los otros seres. Amar a la montaña que resuena y nos protege, a la lluvia que nos habita, a la planta que brota y alimenta al venado que mañana nos nutre. Amar a los ancestros para amarse a sí mismo, al entorno que refleja el interior. Porque todo tiene vida y todo muere, y todo tiene alma que es parte de y vuelve al Dios.

No supo si pasaron dos minutos, dos horas o dos días desde que cerró los ojos, recostada contra el árbol, lo que sí supo es que cuando los abrió se sentía curiosamente reconfortada: el dolor de su cuerpo se había esfumado por completo y se sentía aliviada, como si se hubiese sacado un peso de encima. No obstante, lo que más le llamó la atención fue mirar sus manos y ver a través de ellas, como si su cuerpo fuera translúcido, y mirar hacia atrás y encontrarse con su propio cuerpo, recostado contra el árbol, aparentemente dormido. Todo a su alrededor parecía tener un brillo especial, como si pudiera ver la energía que bullía a través de las cosas, incluso aquella perteneciente a los espíritus de los animales, las plantas y la materia inerte.

Dado que no entendía con claridad qué había pasado, supuso dos cosas: a) que estaba durmiendo, y b) que la Oyá en ella estaba cumpliendo su función de guiar a las almas para que crucen el Puente para volver al Dios, especialmente cuando comenzó a ver ciertas figuras humanas deslizarse entre la arboleda, con el mismo brillo extraño y difuso que rodeaba a las plantas y a los animales igual de traslúcidos que ella que se movían a su alrededor. Pensar así le resultó de lo más natural, ya que nada en la idea de que su alma se hubiese desprendido de su cuerpo para cumplir su misión original como orisha iba en contra de su sistema de creencias, todo lo contrario, así que comenzó a andar.

Atravesó entonces parte de la arboleda hasta llegar a un claro donde unas mujeres, sentadas en círculo, cantaban mientras repartían unas frutas. Al verla, una de las mujeres se paró para acercarse a Naima con el fin de invitarla a unirse. Sólo después de un momento la joven cayó en cuenta de que la persona que se le había acercado no era ni más ni menos que aquella que se le había estado apareciendo en sus sueños, la misma que recordaba de sus primeras impresiones en el mundo.

-Te estábamos esperando -le dijo, para luego tomar con su etérea mano la suya y conducirla hasta la ronda. Luego, una vez que ambas estuvieron sentadas, puso sobre su regazo una cesta con frutas.

-Yo... -Naima sintió que la garganta se le cerraba, mezcladas todas las emociones. Había soñado demasiadas veces con esa posibilidad, lamentándose en secreto el no haber podido ser ella, aún Oyá, quien la acompañase al otro lado. No, la muerte no era el final, y lo sabía, pero...

El hombre agarró una caja rellena con piedras y la movió haciéndola sonar. -Yo, hijo de Orunmila, te expulso Ikú, porque aún no es tu tiempo. Así como no era tiempo de alimentarte de nosotros cuando fuimos los primeros hombres, no es tiempo de que te lleves esta carne. -Aquellas piedras eran las mismas que en el origen de los tiempos los humanos le habían dado de comer a Ikú para contrarrestar su apetito voraz, las mismas piedras que Orunmila les había otorgado, las mismas cuyo poder le había sido reservado para el uso de los babalawos cuando llegase el momento. Luego, acomodó las manos de la joven sobre el regazo de ella, colocó una de esas piedras entre ambas y comenzó a rezar.

-Habría tanto que quisiera decirte, mi niña, pero el tiempo del que disponemos es breve -dijo la mujer, tras mirar hacia el lugar de donde provenía distante la voz.

-Perdón... yo... -empezó a decir Naima, llorando.- Yo quería tanto verte, y no es que no crea, o no rece, pero yo...

-¡Yo, hijo de Orunmila, te expulso Ikú, porque aún no es tu tiempo. Así como no era tiempo de alimentarte de nosotros cuando fuimos los primeros hombres, no es tiempo de que te lleves esta carne! -Repitió con más intensidad, mientras lanzaba un polvo rojizo sobre el cuerpo de la muchacha. Rojas pasaron entonces a ser sus ropas. Rojas las flores que fueron brotando y floreciendo alrededor del cuerpo juvenil mientras el hombre rezaba y la Muerte comenzaba a alejarse. Roja la brisa que bailaba en torno a ambos.

-Lo sé, y también yo quería verte... Tanto... Quizás de haber tenido la oportunidad lo habría hecho diferente... Pero esto es lo que somos, y esto es también lo que tú eres... Y nunca existió en realidad la posibilidad de elegir -le dijo su madre, mientras le acariciaba suavemente el rostro.

-Cuando llegue el día, si es que llega, si el amor te falta vas a acabar de la misma manera, pero eso no significa que tengas miedo: el amor es nuestra fuerza y nuestra debilidad -afirmó otra.

-Nosotras somos tú, y tú eres nosotras -afirmó una tercera.- De la primera a la última, desde el principio al fin. Mientras existas, nosotras existimos.

-Todas somos iguales. Todas somos distintas. Conectadas, vinculadas, hermanadas. Todas somos a la misma vez y no somos nada. Y por ser y no ser no hace falta que sigas exactamente nuestros mismos pasos -afirmó la más anciana del grupo, aunque la edad no parecía haberle hecho más mella que el blanquearle los cabellos.

Naima miró a las mujeres a su alrededor, una a una. Todas poseían la misma belleza extraña que solían mencionarle con respecto a su propio reflejo, la misma por la cual la habían acusado de seductora incluso en la época en que desconocía el significado de la palabra. Tenían la misma forma de los ojos, los mismos rasgos que podía entrever en sí misma, y entre ellas se miraban con un cariño que le resultaba casi ajeno, como si el lazo que las uniera fuera más fuerte incluso que la muerte. ¿Cómo encajaba ella en esa red? ¿Eran sus Eggún que habían bajado al Aiyé? ¿Estaba ella en el Orun? ¿Alguna de ellas era la primera Oyá? ¿Lo eran todas? Tenía cada vez más preguntas que hacerles pero la voz se escuchaba cada vez más fuerte y sus manos, etéreas, parecían irse disgregando en la nada.

-Vamos a estar esperándote, cuando llegue el momento -afirmó su madre.- Te quiero, sólo espero que lo sepas. Tanto tu padre como yo siempre estuvimos felices por la idea de tenerte.

-Siempre hemos estado contigo. Siempre estaremos -sentenció la anciana.

-Yo, hijo de Orunmila, te invoco Oyá -rezó mientras batía el iruke siguiendo la costumbre yoruba para llamar a la orisha.- Tú, que portas el trueno y el rayo. Tú, que luchaste con Changó y fuiste amada, temida, engañada y venerada. Yo, hijo de Orunmila, te invoco, dueña de los cementerios, custodia de las almas, porque aún no es tu tiempo de ir con Olodumare, aún no es tu tiempo de cruzar para volver al Dios. Yo, hijo de Orunmila, te invoco, porque aún no es tiempo de alimentar a Ikú.

El hombre lanzó más del polvo rojo al aire y siguió batiendo el iruke con más fuerza, hasta que el viento, como si respondiera al llamado de la orisha, comenzó a mover las hojas y a danzar en torno a ellos con más fuerza, casi con violencia.


Naima vio cómo las mujeres a su alrededor iban desapareciendo. O tal vez era ella la que se difuminaba en la bruma.

El viento siguió danzando más y más fuerte. Y en su moverse trajo consigo a las nubes, y a los truenos, y los rayos, y comenzó la tormenta. Los árboles se batieron al compás. Las hojas caían y se arremolinaban.

Rojo el aire. Rojos los troncos. Rojas las gotas que bañaban el rostro de la ahora roja muchacha de tez de carbón. Rojos los rayos que surcaron el aire y que -igual que el día que la joven nació- rugieron con violencia, la misma furia dolorosa que se evidenció en la muchacha al resucitar, adolorido el cuerpo, adolorida el alma, y en grito primitivo que, rojo, atravesó su garganta. Rojos los ojos que miraron al babalawo casi con desprecio por haberla traído de vuelta.

-Aún no es tiempo -fue toda la disculpa que pudo ofrecerle, y sonriendo tocó la frente afiebrada de la muchacha.

Pasaron varios días hasta que la joven orisha pudo recuperarse por completo. Varios días en los cuales el babalawo tan sólo se alejó de su lado para buscar comida o agua. Así como Simisola en sus primeros momentos, la alimentó a base de semillas hasta que pudo dejar de rechazar lo que tragaba y le acicaló las plumas encrespadas.

-La vi... -fue todo lo que dijo Naima, mientras las lágrimas resbalaban como gotas del rocío, cuando pudo volver a hablar.

-Lo sé. -Y no hizo falta decir nada más.
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Gael relajado/impulsivo/evitativo - Gael Estándar - Corvus
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