Baúl de Noah Malfoy

Publicado por Noah Malfoy, May 28, 2025, 06:20 PM

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[NOMBRE Y APELLIDO] "[FRASE BONITA]"
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Breve descripción. At cum soleat disputationi, quo veri admodum vituperata ad. Ea vix ceteros complectitur, vel cu nihil nullam. Nam placerat oporteat molestiae ei, an putant albucius qui. Oblique menandri ei his, mei te mazim oportere comprehensam.
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Noah entendía que necesitaba tiempo para pensar en sus cosas, en sus problemas, en sus necesidades. No era algo personal, ni tenía que ver con nadie en particular. Pero, de vez en cuando, alejarse era necesario, sobre todo cuando sentía que no estaba siendo útil ni aportando nada en la vida de los demás.  Sentirse una carga le provocaba una ansiedad enorme, tan intensa que ni él mismo sabía cómo manejarla. La falta de aire, el dolor en el pecho, en su herida. Aún no entendía bien todo lo que le estaba pasando, y mucho menos por qué.  La vida no era justa, y él no esperaba que lo fuera. Por más bueno o dedicado que fuera, cuando la vida decide derribarte, lo hace sin piedad y no te deja levantarte. Por eso necesitaba un respiro. Un momento a solas. Reencontrarse consigo mismo —o tal vez hacerlo por primera vez—.  No era fácil. No sabía cómo hacerlo. Siempre le había costado llevarse bien consigo mismo o siquiera soportarse, sobre todo cuando todo iba mal o su mente le jugaba en contra. Entendía que era una decisión egoísta, sobre todo porque sabía lo que dejaba atrás. Aun así, para esa persona dejó una nota. Una simple nota que tal vez no decía mucho... pero lo decía todo al mismo tiempo.  Noah la observó detenidamente y, por alguna razón, se sintió conforme: "Sé que no es algo que esperás que haga, y mucho menos sabiendo cómo soy... pero necesito esto. Necesito estar lejos de todo el mundo por el momento.  Pero cuando sea el momento, regresaré... eso creo. Sabés cómo soy.  Lo siento.  No es una despedida, eso te lo aseguro. Noah." Era realmente difícil dejar eso escrito, pero no quedaba otra opción. Salir al mundo era algo que deseaba desde hacía tiempo, y hacerlo solo era lo mejor por ahora, porque no se sentía listo para cargar con responsabilidades que quizás no podría soportar.  Era momento de luchar. Por él, para él.  Se sentía perdido, mal, y necesitaba cambiar eso. Cambiar un poco su vida, especialmente su relación consigo mismo.  No quería dar más vueltas al asunto: había llegado a un punto en el que ya no lo soportaba y deseaba, de una vez por todas, poder entenderlo todo. Tomó su mochila, con lo necesario, y sin mirar atrás, atravesó la puerta de esa casa, cerrándola tras de sí. Así, emprendió aquella aventura.
Respiro
403 Palabras #1

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Noah caminaba por la orilla del río, las aguas turbulentas reflejaban sus pensamientos agitados. Cada paso era una lucha interna; por un lado, la necesidad de avanzar y dejar atrás los fantasmas del pasado; por el otro, el miedo persistente a ser alcanzado por todo lo que había huido.

Había pasado mucho tiempo desde la última vez que había abandonado su hogar, huyendo de su padre, de la amenaza constante que representaba para él. Recordaba con claridad la noche en que decidió irse, el corazón latiendo con fuerza en su pecho, la sensación de que si se quedaba, no saldría con vida. La huida fue su única opción, o eso pensaba. Ahora, después de todo este tiempo, sentía que el miedo seguía ahí, acechando en los rincones más oscuros de su mente, esperando cualquier oportunidad para desbordarse.

Pero algo había cambiado. Noah ya no era el mismo chico asustado de hace años. No lo era del todo. En su pecho, el peso de la incertidumbre seguía existiendo, pero ahora lo enfrentaba con una nueva determinación. Ya no puedo seguir corriendo, pensaba, mientras sus manos se apretaban contra los bolsillos de su chaqueta. No se trataba solo de él. Su vida había tomado un giro inesperado cuando conoció a Madisson. Ella había sido el ancla que había mantenido su barco a flote durante la tormenta más oscura. En cada momento de desesperación, cuando pensaba que todo estaba perdido, la rubia estaba ahí, con su calma, con su comprensión inquebrantable, con su amor. Y aunque entendia que las cosas estaban mejorando las cosas entre ellos, sabía que no podía permitir que ese miedo regresara. No puedo hacerle esto a ella otra vez. No lo haria, la realidad era otra, tenia que confiar, tenia que dejar esos malos habitos atras, de creer que estaria mejor lejos, que él era el problema, ya no tenia que ir por ese lado, ni pensar en que eso era lo mejor, simplemente tenia que vivir, tenia que vivir su vida como a él le gustara, por mas miedo que tuviera, ese era el verdadero camino, eso era lo que realmente queria empezar a trasmitir y vivirlo en carne propia tambien.

Su mente voló hacia el futuro, y con él, a los momentos en los que podría necesitar el apoyo de su novia más que nunca. Sabía que, tarde o temprano, tendría que enfrentar lo que había dejado atrás. Ya no era un niño, y no podía seguir viviendo en constante huida. La ciudad, que alguna vez había sido un lugar del que deseaba escapar, ahora parecía una posibilidad de empezar de nuevo, un espacio para sanar.

De alguna manera, el amor de Madisson le había dado una nueva perspectiva, la fuerza para comenzar a afrontar lo que antes le parecía insuperable. Aunque no sabía exactamente cómo iba a lograrlo, tenía claro que no lo haría solo. Este es el momento, Noah, se dijo a sí mismo, respirando profundo. No voy a seguir huyendo. No otra vez.

Con la mirada fija en el horizonte, sintió que algo se quebraba dentro de él, pero esta vez no fue su voluntad. Fue el miedo. Un miedo que, aunque aún persistente, ahora sentía que podía afrontar. Sabía que, de ser necesario, ella estaría allí, como siempre, con su apoyo incondicional, dispuesta a caminar a su lado. Porque aunque su pasado todavía pesara en él, Noah ahora entendía que enfrentarse a su futuro no requería correr. Solo necesitaba dar el primer paso.
580 Palabras #2

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Noah se sentó sobre una roca húmeda, dejando que el murmullo del río llenara el silencio que llevaba dentro. A veces pensaba que el ruido del agua era más fácil de soportar que el de sus propios recuerdos. Había pensamientos que no pedían permiso para volver; simplemente aparecían, como golpes secos en el pecho. No eran gritos, eran susurros constantes, insistentes, recordándole quién había sido, de dónde venía, y todo lo que había intentado olvidar.

Se preguntó cuántas decisiones de su vida habían sido tomadas por miedo y cuántas por verdadero deseo. Durante años había confundido sobrevivir con vivir. Había aprendido a mantenerse en movimiento, a no echar raíces, a no mirar demasiado atrás. Cada vez que algo parecía estable, algo dentro de él se encendía como una alarma: no te quedes, no confíes, no bajes la guardia. Y aun sabiendo de dónde venía esa voz, le había hecho caso demasiadas veces.

Pensó en su padre, no con rabia esta vez, sino con un cansancio profundo. No porque lo perdonara, sino porque entendía que cargar con ese odio lo había mantenido atado durante años. No quería que su historia siguiera girando en torno a alguien que ya no tenía poder sobre él, aunque su sombra todavía apareciera en los momentos de debilidad. Aceptar que el daño existió no significaba dejar que definiera todo lo que vendría después.

Respiró hondo. El aire frío le llenó los pulmones y, por primera vez en mucho tiempo, no sintió ganas de escapar de esa sensación. Permanecer ahí, presente, le resultó incómodo... pero real. Y quizás eso era lo que más le había faltado siempre: permitirse sentir sin huir, sin anestesiarse con distancia, sin convencerse de que estar solo era más seguro.

Madisson apareció de nuevo en sus pensamientos, no como un refugio, sino como un espejo. Con ella había aprendido cosas que nunca nadie le había enseñado: que el amor no siempre duele, que no todo vínculo termina en amenaza, que confiar no es sinónimo de perderse. Aun así, el miedo de fallar seguía latente. Temía lastimarla, temía repetir patrones, temía convertirse en aquello de lo que siempre había huido. Pero esta vez entendía algo distinto: el miedo no era una señal para irse, sino una señal de que algo importaba de verdad.

Se dio cuenta de que no necesitaba tener todas las respuestas ahora. No tenía que saber exactamente cómo iba a sanar, ni cuánto tiempo le llevaría. Lo único que debía hacer era dejar de mentirse, dejar de fingir fortaleza cuando en realidad estaba agotado. Había una especie de valentía silenciosa en aceptar que todavía dolía, que todavía costaba, pero que aun así estaba dispuesto a quedarse.

El futuro seguía siendo incierto, sí. Había conversaciones pendientes, decisiones difíciles, recuerdos que tarde o temprano pedirían ser enfrentados. Pero ya no los veía como un abismo imposible de cruzar. Eran caminos incómodos, empinados quizás, pero transitables. Y por primera vez, Noah no se sentía solo frente a ellos.

Se levantó despacio, con el cuerpo cansado pero la mente un poco más liviana. No porque todo estuviera resuelto, sino porque había dejado de pelear consigo mismo. Entendió que sanar no era olvidar, ni borrar el pasado, sino aprender a caminar con él sin que le dictara cada paso. Que vivir no significaba ausencia de miedo, sino la decisión consciente de no dejarse dominar por él.

Mientras retomaba el camino, pensó que tal vez eso era crecer: dejar de correr, dejar de esconderse, y elegir, todos los días, quedarse. Incluso cuando dolía. Incluso cuando temblaba. Incluso cuando el pasado susurraba que no valía la pena intentarlo.
600 Palabras #3

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La noche había caído sin avisar, densa, como si el cielo hubiera decidido cerrarse sobre sí mismo. Noah avanzaba entre los árboles con pasos lentos, sintiendo cómo la humedad se le colaba por la ropa y le pesaba en los huesos. El lugar era silencioso, pero no un silencio pacífico: era ese tipo de quietud que amplifica todo lo que uno intenta callar. Cada respiración parecía demasiado fuerte. Cada pensamiento, imposible de esquivar.

Había días en los que la tristeza no se presentaba como un golpe, sino como una niebla constante. No lo derribaba de inmediato, pero lo envolvía, le nublaba los sentidos, lo hacía dudar de cada paso. Esa noche era así. No estaba llorando, no estaba en crisis; simplemente estaba cansado. Cansado de cargar con cosas que nunca eligió, cansado de sentirse defectuoso por heridas que no había causado.

Se detuvo cuando escuchó pasos detrás de él. No rápidos. No apurados. Seguros. El cuerpo de Noah reaccionó antes que su mente: los hombros se tensaron, la espalda se endureció, como si algo antiguo hubiera despertado de golpe. No necesitó girarse para saber quién era. Algunas presencias no necesitan ser vistas para ser reconocidas.

—Siempre tan predecible, Noah —dijo la voz, grave, cargada de un desprecio casi automático—. Escapando. Metiéndote en lugares tristes para justificar lo que sos.

Noah se giró lentamente. Su padre estaba ahí, apenas iluminado por la luz tenue que se filtraba entre las ramas. No parecía real del todo, y aun así el peso de su mirada era idéntico al de siempre. Los mismos ojos fríos. La misma postura dominante. Como si el tiempo no hubiera pasado.

—Miráte —continuó—. Tan sensible, tan roto. ¿De verdad pensás que alguien puede cargar con eso sin cansarse? Siempre necesitando que te sostengan. Siempre siendo un problema.

Noah quiso hablar. Sintió las palabras formarse en su garganta, respuestas que había ensayado mil veces en su cabeza. Quiso decir que estaba intentando mejorar, que no era débil por sentir, que no todo había sido su culpa. Pero su cuerpo no respondió. Como tantas otras veces, quedó inmóvil. Las manos rígidas a los costados, la mandíbula apretada, el pecho pesado, como si respirar requiriera un esfuerzo consciente.

Su padre lo observó unos segundos más, evaluándolo, y negó con la cabeza con una mueca de fastidio.

—Nunca vas a cambiar —sentenció—. Y en el fondo, lo sabés.

Luego, sin más, se dio media vuelta y se perdió entre la oscuridad, como si nunca hubiera estado allí. El silencio volvió a ocuparlo todo, pero ya no era el mismo. Ahora estaba cargado. Espeso. Lleno de ecos.

Noah permaneció quieto incluso después de que la figura desapareciera. El temblor le llegó tarde, recorriéndole los brazos, las piernas, la espalda. No era miedo únicamente; era algo más profundo, más viejo. Esa sensación de ser pequeño, de no tener derecho a defenderse, de que cualquier intento de reacción solo empeoraría las cosas. Sabía, racionalmente, que ya no estaba bajo su control. Pero el cuerpo no entiende de tiempos ni de lógicas. El cuerpo recuerda.

Se llevó una mano al pecho, intentando acompasar la respiración. Le dolía, pero no de una forma física. Era un dolor silencioso, persistente, como una herida que nunca termina de cerrar porque cada tanto alguien decide meter los dedos en ella para comprobar que sigue ahí. Parte de él se odiaba por no haber dicho nada. Otra parte entendía que sobrevivir también había sido quedarse quieto.

Pensó en Madisson. En cómo ella lo miraba cuando se cerraba, cuando se apagaba por dentro. No con lástima, sino con una paciencia que a veces le resultaba insoportable. Ella veía cosas en él que su padre jamás había querido ver. Y eso, paradójicamente, le daba miedo. Porque amar implicaba exponerse. Implicaba aceptar que alguien podía tocar esas partes frágiles que él apenas se atrevía a reconocer.

Se dejó caer de rodillas sobre la tierra húmeda. No era un gesto dramático; era rendición momentánea. Permitirse sentir el peso sin intentar huir. Permitirse aceptar que todavía dolía, que esas palabras seguían teniendo efecto, que la sombra de su padre no se disipaba tan fácil como él quisiera. Pero también aceptar que, aun así, estaba ahí. Que no había desaparecido. Que no se había roto del todo.

Se quedó así unos minutos, respirando, temblando, recomponiéndose en silencio. Sabía que el camino no iba a ser limpio ni rápido. Sabía que habría más encuentros, reales o imaginarios, más voces intentando convencerlo de que no valía la pena intentarlo. Pero también sabía algo nuevo, algo frágil pero real: esa voz ya no era la única.

Cuando finalmente se levantó, el cuerpo seguía pesado, pero había una determinación silenciosa en su mirada. No porque hubiera ganado esa noche, sino porque había resistido. Y a veces, para alguien como Noah, resistir ya era un acto de rebeldía.

Siguió caminando, adentrándose en la oscuridad, no para perderse en ella, sino para atravesarla. Porque aunque el pasado aún lo alcanzara en sus momentos más débiles, esta vez no iba a dejar que decidiera por completo hacia dónde dar el próximo paso.
847 Palabras #4

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