Baúl de Lillie Windhunter

Publicado por Lillie Windhunter, Ene 05, 2025, 09:32 PM

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Lillie Windhunter Jefa de Sanación en Hogwarts | Diseñadora en FLEUR
7 Palabras

Passeport ♡
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Lillie Windhunter Jefa de Sanación en Hogwarts | Diseñadora en FLEUR
"Un día
¿me sentiré parte de algo,
cómoda en mi piel,
sin sobrar,
siendo yo misma?

¿Un día encontraré un lugar
donde pueda encajar, donde no sea sobra,
sino parte de?
"

"Un día
¿sentiré que tengo un lugar en el mundo
que es mío, donde puedo ser yo,
donde hay otros como yo,
donde puedo hablar de la libertad,
del viento y del amor...?
"


¿Tal vez un día...? Un día, un solo día, lograra encajar, en un lugar que hiciera suyo, como hacía suyas las flores...

Sus pies se movieron ágiles sobre el hielo, cortándolo con las navajas adosadas a sus plantas dejando líneas que se entrecruzaban entre sí, que no daban espacio a pausas, sino que la seguían como si fueran sus huellas. El cabello rubio revolviéndose, envuelta en un vestido amarillo, amarillo sol, el mismo amarillo que detestaba y que ahora ni siquiera sabía si lo odiaba tanto como para no usarlo nunca. Los ojos cerrados, sintiendo el viento golpear su rostro, juguetear con los rizos dorados, con los patines como único ruido de fondo y su pensamiento constante sobre si ser ella misma significaba sufrir y sobre el mundo que la rodeaba, tan nuevo, tan extraño para ella. El cielo iridiscente, de colores brillantes, amarillos, naranjas y violetas, azules y negros, blancos y hasta verdes, mirándola desde arriba, ensoberbecido, tan cruel que si dejaba caer demasiado tiempo la pupila en sus colores, la hería, y el corazón ardiendo de dudas, de preocupaciones, de sin sabores. Encogiéndose de hombros de tanto en tanto para sí misma, con los brazos extendidos, continuó patinando con una música que le salía del alama. Su ritual de pensamientos, de declamar en voz alta, fue interrumpido por el sonido de un bastón que la hizo detenerse en un giro suave que raspó el agua congelada. Se quedó de pie, mirando a Pyotr caminar entre la nieve y el hielo que no parecían ni nieve ni hielo. La primera era más blanda, como si fuera de plástico y que se deshacía entre los dedos. El segundo, era más transparente que nunca. Él se acercó a su señora, en silencio, encendiendo un cigarrillo. Le ofreció uno a ella, que sin dudarlo, se llevó a la boca.

¿Tuviste éxito?— Preguntó con una extraña emoción en la voz. Después de unos segundos sin saber qué decir, él negó con la cabeza, mostrando el brazo izquierdo herido, ensangrentado. Se había alzado la manga de la camisa, y ahora miraba su propia sangre como si fuese una sentencia de muerte.—¡Pyotr!— Él hizo una seña, cubriéndose de nuevo con la ropa. Se apartó de ella.

—No hay forma. No hay forma, Lillie. No importa qué hagas, no importa qué tomes, no importa cuántas veces quieras arrojarte del acantilado. No hay forma.

Silencio.

El lugar en el mundo se le comenzó a hacer lejano, sobre todo porque no hallaba el mundo en el que podría ser parte. ¿Ahí podía serlo...? ¿Ese era el mundo destinado para ella, ahí, donde no tenía nada, donde lo había perdido todo...? La rubia volvió a acercarse con los patines, exhalando un poco del humo de lo único que parecía mantenerla cuerda, o quizá, lo único que la hacía enloquecer. El tabaco decorado con tristezas.

¿Crees que volveré a ver un día a Eros...?— Pyotr miraba al horizonte, a medias respirando humo, a medias jugueteando con el cigarrillo. Se encogió de hombros.—¿Y a Ganimedes...?— El mismo gesto. Volvía a encogerse de hombros. Lillie bajó las cejas, fumando en silencio, agachando también la cabeza.—Tenemos a menos de la mitad de los cuervos, no podemos hacer nada así tampoco...

—Pero también tenemos gente Tzimisce.

No son nuestros.

—Hagámoslos nuestros entonces, así como los Cuervos que faltan se harán Tzimisce. Hagámoslos nuestros hermanos. Hagámoslos recordar quiénes son. Hagámoslos jurar con plumas negras. Hagámoslos recordar que a ellos también les duele el alma, que tampoco pertenecen aquí y tampoco pertenecen allá. Que la lucha va más allá de la sangre y del acero. Hagámoslos luchar.

Lillie acomodó el cabello rubio, luego el cigarrillo. Miró al cielo o al intento de cielo, dibujado con pincel, con lápices y con pinturas suaves. Miró estrellas que no recordaba que estuvieran ahí. Las intentó guardar, sin éxito. Arrugó la naricilla.

Ni siquiera sé a dónde voy. ¿Cómo voy a guiar a todo un clan?

—El truco está en hacerlo parecer sencillo. Ellos tampoco tienen idea de a dónde van o qué harán. Pero tampoco serán capaces de alzar la voz para invitar a otros. Eso es lo que te diferencia a ti, Lillie De Saint-Pièrre, de ellos.

¿Qué propones?— Pyotr le dejó caer una mirada seca, con los ojos oscuros como dagas. Pero ella no retrocedió, sino que alzó la cabeza, alzó una ceja. Sonrió.

—Formar el clan de nuevo. Nuevos hermanos. Nueva sangre. Nuevas ideas. Nuevos objetivos. Objetivos que distan de los de nuestra antigua realidad. Objetivos que ni tú ni yo entendemos. Objetivos que dejaron de ser Tzimisce. Objetivos que son de los Cuervos. Porque aquí están ellos.

Lillie hizo una pequeña mueca, como si no estuviese convencida. Él caminó alrededor de la muchacha que alisaba el vestido amarillo. La apuntó con el bastón.

—¿Qué estás dispuesta a hacer por ver a tu hijo una vez más?

Todo.— respondió sin pensarlo. Pyotr asintió con la cabeza.

—Entonces, ¿qué esperas, mujer?— Tal vez un día...


.  .  .

Zapatillas y el sonido de un bastón, avanzando por una calle desierta. Las varitas en la mano. Hechizos murmurados de tanto en tanto para ahuyentar a las criaturas que no parecían ser sus amigas, y que tampoco permitirían que les hicieran daño. Tenían un destino ya conocido, perfectamente estudiado, casi estratégico. Ambos lo sabían. Y si querían engrandecer al clan, no tenían otra opción tampoco. Fue Pyotr quien abrió la puerta principal de aquel edificio en la Avenida Nebulosa. Y fue Lillie quien entró primero, con la varita en alto. Usó su obtenebración para darle forma a las sombras, una forma material casi atemorizante. Se apareció detrás de un joven, amenazando su cuello con la sombra afilada.

Fuera todos, si no quieren que los mate.— Eran un grupo de chicos que se refugiaban en el lugar. Algunos se miraron confundidos, otros se tomaron de las manos. Apuntó hacia uno de ellos, lanzando un hechizo que lo inmovilizó, rasgando ligeramente la piel del que tenía como rehén.—Dije que fuera todos, o los mataremos.— Asustados, salieron corriendo del recinto, dejándolos a ambos con las varitas entre los dedos y una pequeña sonrisa de victoria. Pyotr cerró la puerta tras de sí y protegió la zona.

—Es grande.

No querremos vivir apretados, ¿no?— Respondió ella, sonriendo, tomando asiento en un sofá que obviamente no les pertenecía, pero que harían suyo junto al resto de cuervos a partir de ese momento. Se recostó de lado, apuntando con la varita hacia una pared, como si fuera todo suyo. ¿Quizá comenzaba a serlo? Se desconocía a sí misma cuando todo aquello ocurría. Desconocía sus alcances, desconocía lo harta que estaba, lo cansada que se sentía. Desconocía la fuerza que poseía.—Algunos cuervos están en el barrio lúdico, y otros tantos están en el Hospital. No necesitamos que les devuelvan la esperanza en esos lugares. Necesitamos la esperanza en nosotros. Necesitamos los ojos aquí, el alma aquí. Necesitamos que recuerden lo que era la libertad no ejercida.— Pyotr tomó asiento en el sofá frente a la pared, analizando en silencio, las manos enguantadas entrelazadas entre sí, con la barbilla recargada en ellas y los ojos pegados a lo que Lillie decía. Terminó por asentir.

—Tendremos que traerlos aquí.

1268 Palabras #1

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Lillie Windhunter Jefa de Sanación en Hogwarts | Diseñadora en FLEUR
Lillie lloraba, y lloraba mucho con todo lo que tenía que ver con el pequeño Eros, su primogénito y el tercer Windhunter de la línea de los Tzimisce. No le disgustaba el trato de su esposo, Ganimedes, no, al contrario. La hacía sentir que tenía mil motivos para permanecer en el mundo. Tampoco le disgustaba que le enseñara a usar a blandir una espada, o que lo llevase con los otros del clan para aprender y alimentarse como su raza debía hacerlo. Lo que le disgustaba era perder la infancia de su primer hijo, yéndosele como arena entre los dedos, tan rápido que sentía que lo estaba obligando a crecer. En realidad era así: lo estaban obligando a crecer. Y ella, que tanto había anhelado un bebé, no era capaz de hacerle daño a la única criatura que hacía que se mantuviera con los pies en la tierra, la única que la hacía evitar perder el piso. Cómo sollozaba. Cómo se había opuesto a eso.

Eros era un niño muy locuaz, muy animado, muy travieso. Hablaba rápido, se movía rápido, y era tan travieso que a veces a ella le costaba trabajo seguirle el paso, pues iba, venía, se subía, se bajaba, y ya sabía que le iba a generar más de un dolor de cabeza. Ahora que tenía cuatro años, Lillie estaba enamorada de sus charlas. Mezclaba el rumano con el francés, y a ella le gustaba peinarle los rizos con los dedos. "¿Eso viste?", le preguntaba en francés, al tiempo que el niño le contaba todo lo que había hecho con su padre. Ese día, decía él, lo habían llevado con una espada de madera, y él los había tumbado. Luego de eso, había arrojado la espada y había encontrado un gusanito. Lillie sonrió. Esa misma curiosidad. Esas mismas ganas de conocer el mundo, de aventurarse, de preguntarlo todo.

¿Y cómo era el gusanito?— Preguntó entonces, recibiendo todo un relato sobre los gusanos verdes, amarillos y rojos, y aquellos que tenían pinchos y aquellos que no los tenían, y por qué comían hojas y por qué no mejor comían personas. Lillie reía con sus ocurrencias, encontrando mucho de Ganimedes en él. Ese mismo temple. Esas mismas fuerzas. Y, a ratos, esa misma postura en la que aseguraba que era el rey del mundo. Lo eran. Su amado Cazador del Viento y ahora su hijo, el pequeño Hijo del Viento, pequeño Arroyo, Ventisca y todo lo que alguna vez ella amó. Sintió las manos de su hijito envolverse en las propias y fue tirada con suavidad.

—¡Mamá, Mamá! ¡Mamá!— Chillaba, jalándola. Lillie no permitía que estuviese demasiado tiempo con las nodrizas, lo que ya había originado un poco de molestias en el clan Tzimisce. Sin embargo, ahora que su niño la llamaba mamá y la llevaba a quién sabe dónde, sabía que todo valía la pena. Caminó con su pequeño hasta los jardines, donde encontró que los hombres estaban entrenando. Levantó entre los brazos a Eros, que aplaudió emocionado, apuntando con el índice hacia allá. Buscaba con la mirada, desesperadamente algo.—¡Papá, Papá!— Insistía, pero no podía encontrarlo. Ella tampoco lo hizo, al menos hasta que bajaron al césped. Encontróse, pues, de frente al amor de su vida, sosteniendo a Eros entre los brazos.

El niño quería mostrarme lo que ha aprendido.— Informó, bajando al inquieto Eros que primero se fue a dar una vuelta, una carrerita, y regresó con una mariposa en las manos que le entregó a su madre. Acto seguido, tomó su espadita de madera y le dio espectáculo a una Lillie que optó por sentarse en el césped, jugueteando con la mariposita entregada, recibiendo mariposas a ratos en el cabello y en la nariz. Al ver la pericia de su hijito, supo que esa noche tenía que cumplirse. Y así fue. A la noche, volvió a derramar lágrimas. En esta ocasión, fue ella la que alistó la Poción de Crecimiento y la preparó, para entregársela en un vasito a su hijo, que obedientemente la tomó completa, ante las lágrimas y angustias de su mamá, que se enjugaba las lágrimas con las mangas del vestido. El niño, gentil, dulce como ella lo era, se puso de pie y la abrazó, movido quizá ante las emociones de quien lo amaba como la vida misma.

—No llores, mamita. ¡Yo voy a ser muy valiente como papá!— Le dijo, omitiendo hasta las caras de disgusto por el sabor de la poción, como si supiera que era por su bien, que era porque el mundo ya estaba siendo demasiado cruento y que debía crecer y alcanzar a sus hermanos. El corazón de la rubia se rompió en mil pedazos al sentir esos bracitos, por lo que respondió abrazando a su Eros, a su hermoso Eros. Que todos los dioses la perdonaran por arrebatarle así su infancia. Que todos los dioses supieran que no era algo fácil para ella, y que podía quitarle el sueño ahora, y quizá, toda la vida.

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835 Palabras #2

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Lillie Windhunter Jefa de Sanación en Hogwarts | Diseñadora en FLEUR
A veces prefería no pensar. A veces prefería quedarse ahí, en la ventana de la torre de la Reina, mirando al jardín de flores que su esposo había plantado para ella. A veces, las flores le daban calma. A veces no. Le robaba la infancia a su hijo, y debía hacerlo. Entendía el riesgo, luego de haberse muerto en una dimensión que ya no alcanzaba a discernir si era falsa o no. Entendía el riesgo, luego de tener que reunir nuevos Cuervos, luego de ver padecer a sus iguales con ella. Su hijo debía crecer. Debía aprender magia, porque Eros debía defenderse solo. Debía aprender a ser como su padre, a ser como los Tzimisce. No. Debía aprender a ser como ella, como su madre, luchando por su propia supervivencia pero blandiendo espadas como su padre. El sonido del bastón interrumpió sus pensamientos, haciéndola levantar la cabeza.

—Hoy debe ser.— Le recordó Pyotr, haciendo que Lillie asintiera con la cabeza. No parecía convencida, y tampoco parecía estarlo escuchando. Sin embargo, Pyotr sabía que lo hacía con cuidado. Últimamente, la líder del clan Raven parecía estar muy atenta a su hijo. Desde la última toma de la poción de crecimiento acelerado, ella parecía un poco más recuperada. Ya no lloraba tanto y prefería estar con Eros, a veces mirándolo entrenar, a veces acompañándolo a estudiar, y a veces, dibujando y jugando con él. Le gustaba jugar con él.

Lo sé.

—Sé que lo sabes.— Respondió, mirando la alcoba de la dama triste, que aún miraba por la ventana. —Sólo quiero que sepas que a todos nos duele tanto como a ti.

Lillie alzó la cabeza, girándola. Parpadeó rápido, rápido, mordiéndose los labios. No supo qué decir en primera instancia. Quiso preguntar a qué se refería, quiso ponerse a llorar. Y su voz fue lo primero que salió.

¿Ustedes...?— Pyotr movió la cabeza, diciendo que sí. Y, aunque le dolía hasta el alma de estarle arrebatando vida a su hijo, al hijo que ella parió, al hijo que ella sostuvo entre sus brazos, entendió que tal vez estaba siendo un poco egoísta. No había pensado en eso, en que a los Cuervos también les dolía verlo así, creciendo más rápido que las flores, y causándole penas a su líder. Eros era un niño que se ganaba el corazón de los cuervos rápidamente, y no podían hacer caso omiso de verlo día con día más grande. Les causaba tristeza. Tampoco pensó en si a Ganimedes le causaba tristeza. Ella se había dedicado a llorar, y a asustar a Eros. Se quedó observando a Pyotr.—Lo siento.

—Lo sé.

Lillie bajó las escaleras de la torre de dos en dos, y echó a correr al dormitorio de Eros. Lo encontró dibujando, cosa que quizá heredó de ella. En cuanto ella entró, Eros le enseñó un dibujo de mariquitas, muy acomodadas y tomadas de las manos.

—Las mariquitas son símbolo de suerte, mamá. ¿Sabías?— Comenzó él, en una extraña mezcla de rumano con inglés y francés. Un acento francés marcado, las r guturales. Se sintió orgullosa de plantar sus orígenes en Eros, en su amado Eros.—Hoy encontré más de quinientas, y pensé que soy afortunado de verlas. Entonces nos dibujé. Este es papá. Este es Deimos, y este es Phobos. Y esta eres tú, mami. Y aquí sí estás feliz, porque a veces estás muy triste y no me gusta verte triste.— Lillie rió, primero suave, y conforme la risa la fue llenando, fue riendo más y más fuerte, hasta reír a carcajadas y abrazar a su pequeño niño, que reía con ella.—¡Te gustó mucho, mamá!

¡Me encanta, mi amor!— Y lo abrazó, levantándolo entre sus brazos.—Perdóname, mi niño. Mi tristeza jamás ha sido por tu causa o la de tus hermanos. Mi tristeza es porque este mundo es cada día más peligroso, y me preocupas tanto...

—Yo lo sé, mamá. Por eso voy a seguir siendo muy valiente, ¡y voy a aprender mucho!

En esta ocasión, Lillie se sintió menos culpable. Besó la frente de su hijo, y su rostro, jugueteando con sus mejillitas, llenándolo de besos, de abrazos. Frotó su nariz con la suya, y supo que no importaba si esa dimensión no era real. El amor por su hijo lo era. Y ahora se sentía culpable de que él sólo la hubiera visto llorar. El ritual fue menos doloroso. Tomó la Poción de Crecimiento y la entregó a Eros, quien la bebió sin rechistar, sacudiendo la cabeza al terminarla, el mismo gesto que tenía Lillie cuando algo no le gustaba. Y, a diferencia de veces anteriores, ahora ella se sentó en la cama de Eros, pidiéndole que se sentara a su lado.

¿Te he dicho que eres mi orgullo, y que lloraba porque me asusta que te hagan daño, mi amor?— Su hijo, oh, su hijo, tan buen niño, tan adorable, tan tierno, la abrazó. Negó con la cabeza, pero soltó risitas, y se levantó corriendo. Le trajo un cordel al que tenía atada una piedra, y con la otra mano tomó la espada de madera.

—No te preocupes, mami. Te voy a cuidar mucho. Ponte la piedrita, es para cuidarte. Así, siempre estaremos uno cerca del otro.— Lillie lo abrazó con fuerza, sintiendo sus cabellitos dorados en su pecho. Lo peinó, y mientras lo hacía, le cantó, con la voz tierna que tenía, desafinada y poco privilegiada, pero cargada de lo que ella fue siempre: ilusión.

Felicità! È tenersi per mano, andare lontano, la felicitá... — Cantó, cantó con todo el amor que podía tenerle, sabiendo que no había dimensión, mundo o muerte que hiciera que dejara de amar a sus hijos y a su esposo, a su familia, quienes habían sido inmensamente pacientes con todo lo que estaba viviendo después de quedarse dormida por tanto tiempo.

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975 Palabras #3

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Lillie Windhunter Jefa de Sanación en Hogwarts | Diseñadora en FLEUR
¡Maman! ¡Maman!— Lillie giró la cabeza, mirando a su amado Eros correr hacia ella. Cada día era más parecido físicamente a ella, con pequitas cubriéndole la nariz, los cabellos rubios y las mejillas regordetas. Los ojos eran más bien los de Ganimedes, y también lo eran sus gestos. Se erguía como si en las venas trajera el cómo levantarse, el cómo mantenerse de pie, y también miraba como miraba el amor de su vida. Y ahora, ese niño venía a ella, con los brazos en alto, mostrándole que había tallado una figura en madera con su daga. Lillie se inclinó a él y abrió las extremidades para él, recibiéndolo en uno de esos abrazos que la hacían olvidar que el mundo estaba yéndose a la mierda. Besó sus mejillas con fervor, entre risas de Eros, que la abrazó de vuelta. Lo besó, le besó la frente, los cabellos, frotó su frente con la suya y terminó frotando su nariz con él, gesto que también hacía su madre hacia con ella cuando era niña. Le mostró, pues, la escultura. Era un dragón, que había tallado con suma maestría, terminando el diseño con una florecita estampada, como muestra del origen por parte de su madre.

Es precioso...— Le dijo, también en francés, revolviendo su cabellera. Y la flor la hizo saber que, pronto, tendrían que ir a reclamar lo que era suyo. Miró al cielo, suspiró, y tomó el rostro de Eros. A él no le gustaba que su madre llorara, por lo que la abrazó más fuerte.

—No llores, mami. Te haré muchas flores.— Cuánta ternura tenía ese niño. Cuán dulce era. Lillie le sonrió y negó con la cabeza.

Sí quiero muchas flores, pero no voy a llorar. Es sólo que pensaba que tenemos que hacer algo.— Besó su frente, y lo llevó a alistarse. Avisó que saldría, sola, en el auto que Philippe, su primo mayor, le había obsequiado cuando se casó. A Eros también le gustaba la velocidad, así que se puso el cinturón de seguridad y se sentó al lado de su madre, emocionado por el lugar al que le llevaría. Él no conocía a toda la familia de su mamá, y aunque le daba miedo, sentía que eso sería divertido. Supo que no era tan divertido cuando llegaron y Pyotr estaba allí.

. . .

—Señor, la Señorita De Saint-Pièrre.— Anunció el mayordomo de Philippe, que asintió con la cabeza terminando de firmar unos documentos. A la mesa, estaban reunidos algunos miembros de la familia y también de aquella familia que el primo de Lillie, el que la cuidó como una hermana, había elegido. Eran los hombres más leales de él, aquellos que darían la vida por su señor y que lo seguirían hasta el mismísimo infierno. La puerta se abrió y lo primero que apareció fue el sonido de un bastón de madera que hizo que, por fin, Philippe se pusiera de pie.

—¿Qué mierda estás haciendo aquí, Pyotr?— Los hombres se tensaron. Algunos sacaron las varitas, pero Pyotr no respondió. Avanzó sin ninguna expresión en el rostro, y cuando estuvo seguro que su señora no corría peligro, se hizo a un lado para dejarla pasar.

—Te hice una pregunta.

—Estoy cuidando a mi señora.— Respondió, seco, al tiempo que aparecía Lillie, envuelta en un vestido largo, rojo, con detalles negros y rojos, con el collar de la familia sobre el pecho y tomando de la mano a un niño tan rubio como ella, con la cabeza cubierta de ricitos dorados y la cara llena de pecas, vestido totalmente de negro, con los bordes de su ropa rojos. Los ojos del niño eran azules, un azul cobalto intenso, y poseía una mirada fuerte que repasó rostros. Se afirmó a su madre, en silencio absoluto. El niño permaneció quieto, al igual que Pyotr.

¿Tenían listos las varitas para mi visita? Qué descorteses.— Reclamó ella, sonriendo, pasando a su hijo por delante de ella. Pyotr permaneció con la frente en alto, mirando a todos sin mirarlos, apoyado en la cabeza del bastón.—Hoy traje a mi hijo. Eros Windhunter.— Presentó. El niño, obediente, reverenció para Philippe. Le sonrió.—Es tu tío, mi amor. Es tío Philippe. Has escuchado hablar de él.— Y cómo no. Se acercó, recibiendo una caricia cariñosa sobre la cabeza por parte de Philippe, que estaba más bien tenso por la presencia de Pyotr.

—¿Qué hace él aquí?

Lo mismo que tus hombres. Cuidándome.— Y el matrimonio parecía haberle sentado bien. Se movía con más soltura, con fuerza, con la coquetería de siempre, pero con una extraña convicción nueva que la hacía rodar por todas partes.—Vine porque creo que ya se ha cumplido parte del testamento del abuelo, ¿no? Con el nacimiento de Eros. Soy la primera en tener un varón.— Uno de los primos de ella se puso de pie, negando con la cabeza.

—Mi hija nació primero.

Lo dudo. El testamento establece que le pertenece al primer bisnieto nacido, cuando cumpla los ocho años, ¿no es así?

—¡Mi hija tiene tres años...!

Y Eros ocho. Y el día de hoy cumplirá ocho.— Revolvió la cabellera de Eros, que permanecía de pie, al lado de su madre, viendo todo, viendo a todos, casi sin aire, como estaban también el resto de primos. Miró a Pyotr que no lo vio de vuelta, sino que parecía tener su atención en cada uno de esos hombres que parecía que, en cualquier lugar, desenvainarían las varitas.—Oh, vamos. ¿No vamos a celebrar?— Se sirvió vino, sabiendo que llevaban ella y Ganimedes un paso por delante.

. . .

No era mentira. Ofreció a Eros una nueva dosis de poción. La había preparado ella misma, con cautela, con paciencia y con amor. Le había costado unas cuantas lágrimas, había sollozado un rato, pero ahora que tenía en su poder la documentación de propiedades en Sicilia y una suma cuantiosa por cobrar a nombre de Eros, sabía que habían hecho lo correcto. Eros esperaba jugando en su habitación. No se sorprendió cuando vio a su hermosa madre, sino que él mismo estiró los brazos para beber completamente del frasco la Poción de Crecimiento Acelerado.

Maman, ya quiero ir a la escuela.— Pidió. Lillie se sentó con él, abrazándolo.

Pronto irás, hijito mío. Pronto irás.— Y volvió a rodearlo con los brazos, apretándolo tiernamente. Alzó la mirada, únicamente para encontrarse a Pyotr en la puerta. Le hizo una seña. Los cuervos se mantenían vigilantes luego de la desazón que habían sufrido los De Saint-Pièrre. Y supo que, sin desearlo, había fracturado a la familia. Tarde o temprano iba a suceder. Lo supo desde el momento en que se casó con Ganimedes Windhunter, originario de los Estados Unidos. Lo supo desde que tuvo un hijo suyo. Lo supo desde que fue buena y le dio un varón. Ahora, más que nunca, debían ser inteligentes.


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1147 Palabras Ultima modificación: Abr 27, 2025, 08:56 PM por Lillie Windhunter #4

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Eros caminaba detrás de Pyotr, dando saltos felices. Era como su madre, sólo que con la mirada felina de su padre que parecía ver a través de las personas, con el porte erguido y la cabeza en alto, como si hubiese aprendido a ver de esa manera. Lo traía en la sangre. A ratos, se agachaba para tomar algo del piso, y a ratos, volvía a charlar con algo (o alguien, quizá), que sólo él veía. A veces, Pyotr reparaba en ello. A veces, no. A veces lo consideraba parte de la imaginación del infante, tan grande como la curiosidad de la misma Lillie. Aquel día, Pyotr se encargaría de parte de su instrucción: la estratégica. No había mente más afilada que la suya, ni hombre más torcido para ello. Maestro del engaño, de la magia, de hacer parecer lo que no es, enseñaría al pequeño Eros a usar su mente a su favor. Y Eros no rechistaba. Se quedó sentado frente al mayor, meciendo la cabeza de lado a lado, alborotando los rizos dorados y arrugando la naricilla llena de pecas. Era encantador, no podía negarlo. Pyotr le hizo un gesto, algo parecido a una sonrisa, mostrándole algo entre sus manos que hizo desaparecer con suma facilidad. Pyotr tenía la habilidad de no usar la varita para hacer magia, pero eso iba más allá de eso. Eso era más bien simple, que parecía ser extremadamente complejo.

—Mira bien, Eros Windhunter. Nada es lo que parece. No es magia sin varita. Sólo es un engaño frente a tus ojos. El detalle está en hacerlo parecer real...— Comenzó él. Eros seguía sus manos, arrugando la nariz, como si quisiera entender la verdad de lo que allí ocurría. Quería saber cómo era que se hacía, así que pidió que lo hiciera de nuevo, y de nuevo, y poco a poco, fue imitando el truco. A lo lejos, la Señora Windhunter, su madre, miraba la escena al lado de Espectro, una de las mejores vampiresas del clan. La acompañaba para charlar, y a veces, sólo para cuidarla. Después de todo, Lillie le había regalado su libertad. Espectro, cuyo nombre real era Meadow, miró también al niño, tan atento a las instrucciones de Pyotr.

—Es un buen estudiante. Y es un buen maestro, lo cual es extraño.— Opinó. Lillie asintió con la cabeza.

Creí tendría menos paciencia. Ambos.— Soltó una risa divertida, caminando con las manos en el regazo, disfrutando del jardín de flores que le había obsequiado su esposo para que estuviese feliz. Desde que se casó, Lillie se veía más tranquila. Había alcanzado su tan ansiada paz, y no cabía duda que él la amaba. Le había regalado aquel hermoso jardín para que ella lo cuidara, y hasta la había dejado tener un par de animalitos para que estuviera tranquila: una cabra y un borreguito. Se divertía persiguiéndolos junto a Eros, y a veces, sola. Le había dejado tener rosales, y tulipanes, y astromelias y hortensias, árboles frutales, y también había entendido la sencillez de su esposa dejándole un pequeño lago para que pudiera navegar mientras leía. Y, ahora que se hallaba ahí, al lado de la vampiresa, se daba cuenta que la vida le tenía preparado algo mejor de lo que jamás pensó, más allá de un balcón de colchonetas frías y una orquídea empollada por Federico El Dodo, que había encontrado en el castillo una vida extraordinaria, de lujos, pues diario usaba corbata o pajarita. Y ahora Lillie tenía una familia amorosa, un clan que la cuidaba, y la mejor educación para su único hijo, al que miraba con tanto amor que terminó suspirando de ver mecerse a esos rizos dorados y al escucharlo reír.

—Es un niño encantador. Será un gran líder.— Opinó Meadow. Lillie volvió a menear la cabeza con suavidad. Se mordió los labios.

Deseo mucho que así sea. Tiene madera para hacer lo que quiera hacer.

—Como usted. Son muy parecidos. Sólo que a veces no se da cuenta de lo fuerte que es y la gran líder que puede llegar a ser. El señor Windhunter la eligió sabiamente como su esposa.

Sonrió. Durante un rato, aprovechó las lecciones de Eros para leer un poco en rumano, idioma al que se estaba acostumbrando, aunque ella le hablaba en francés a Eros, y Pyotr le hablaba en su natal italiano, ahora que no había nadie cerca para corroborar que Volkov no era ruso exactamente, tal como se presumía. Eros, por su parte, parecía entenderlo todo. Parecía atento, y cuando supo que tenía suficiente, no dijo nada, sino que se echó a dormir. Pyotr se escandalizó. Se puso de pie, y fue a buscar a Lillie.

—Tu hijo.— Le dijo, señalando con su bastón, a modo de reclamo. Ella rió con suavidad. De tal palo, tal astilla, pensó, dirigiéndose hacia el pequeño Eros, quien, efectivamente, dormía plácidamente. Lo acunó entre sus brazos y lo levantó, quizá gracias a su fuerza sobrenatural. Lo acomodó en su seno, como hacía desde que era pequeño, y se lo llevó a las flores, allí donde encontraba su propio paraíso. Eros no se inmutó, hasta después de un buen rato en que Pyotr no dijo nada, sino que se quedó refunfuñando quedo sobre que le había ignorado la mitad de la charla. Cuando el niño despertó, Lillie le sonreía.

¿Despertaste, mi amor?— Eros asintió con la cabeza, tallándose los ojos.—Hoy tomarás otro poco de poción, ¿sí, mi niño?— Eros era increíblemente dócil cuando de esas cosas se trataba. Se quedó sentado, al tiempo que las vampiresas, sus doncellas, le traían la poción de crecimiento acelerado, de la cual dio a beber al niño un vial completo. El niño la bebió con gusto, volviendo a acomodarse en el césped.

—Mamá— llamó, haciendo que ella se acercara —¿viste que el truco es hacerlo parecer real? — Y, de entre sus manos pequeñas, extrajo el medallón de Pyotr. Lillie ensanchó la sonrisa. Qué buen niño era.

Usé la poción "Poción de Crecimiento Acelerado"
997 Palabras #5

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Adelante.— Apretó los ojos al sentir cómo encendían esa maldita máquina, sabiendo que lo hacía por amor a Ganimedes, por amor a sus hijos, por amor a todo lo que tenían, todo lo que habían forjado. Por amor. Por el amor más genuino que sentía, por la forma en que su corazón latía cada que él sonreía, por la forma en que se sentía emocionada de ver los ojos del amor de su vida en los de su hijo. Dolía. Sentía no solamente que cada hueso suyo se quebraba, sino que, además, intentaban partirla por la mitad, como si su columna vertebral insistiera en dividirse en dos. Era tan doloroso que sólo atinó a cerrar los ojos, a gemir de dolor.

¿Estás lista, Violet?

Sí.

Lillie Windhunter— comenzó uno de los Cuervos, quien se encargaba de realizar el rito en los recién iniciados —tú sabías que tu esposo era un mortífago, ¿no es así?

Usa tu Bloqueo Mental. Úsalo, concéntrate.— Insistió Pyotr, dando la orden con un golpe del bastón en el suelo, haciendo que todos estuvieran atentos. Aquello parecía una locura, y lo era. Pero también era la única forma que tenían para protegerse. Si Lillie sabía ocultar la verdad, si Lillie llevaba un paso adelantado al Ministerio y era capaz de mentir con torturas y pociones, entonces podrían hacerlo todo.

N-no... yo no sabía nada...

La legeremante asintió con la cabeza, avisando que lo estaba haciendo bien. En su mente no aparecía la verdad, incluso con la tortura física.

Claro que lo sabías. Tú sabías que tu esposo era uno de ellos, y lo cubriste. Administren Veritaserum.

Tu Bloqueo Mental, Lillie.— La rubia recibió la dosis de Veritaserum, y aumentaron la intensidad del dolor. Ahora tiraban de sus extremidades, y sintió ganas de vomitar. Todo giraba, y cómo dolía. Sentía una punzada de dolor profunda en el vientre, haciéndola gritar.

¡AHHHH! ¡No! ¡Yo no sabía nada!

¡Lo sabías todo! ¡Tú sabías todo!

¡No! ¡Nos mintió a todos!

¡Mentirosa! ¡Hombres como él no guardan secretos a sus esposas!

¡Ah, yo lo sabía! ¡Sabía que es Aquarius!

¡Detengan todo! Maestre, por favor.— Un sanador corrió hacia Lillie, poniéndole un paño cálido en la cabeza, y también administrándole el antídoto de la poción otorgada y otras tantas para recuperar su salud y su fuerza. Ella, obediente, bebió sin rechistar, sin quejarse y sin hacer muecas. Le hizo beber también un buen vial de sangre de veela para ayudar a su cuerpo a recuperarse de la sensación de tortura, pues no era fácil el proceso. Habían diseñado un artefacto mágico que permitía funcionar como una maldición Cruciatus, pero sin los efectos de riesgo. Aquella tortura, porque eso era, formaba parte del entrenamiento de La Niebla, una de las secciones más importantes del Clan. La intención era no solamente tener un control mental impoluto, sino saber manejar la información a pesar de los estímulos y presiones externas. Y ahora lo usaban para entrenar la mente de su Señora, que parecía pálida, notoriamente adolorida. Pyotr se acercó a ella, inclinándose para hablarle en francés.

Sólo se puede afilar una espada hasta cierto punto. Al final, todo se reduce a la calidad del metal, Morrigan.— Le dijo.—Y el tuyo es uno fuerte, pues se ha roto en su mayoría.— La dama lo miró, bebiendo té calentito, al que le sopló y le dio un sorbo. Ella movió suavemente la cabeza, en señal de asentimiento.—Tenemos pocas oportunidades para que sigas probando. Aprovéchalas. La mayoría se quiebra al segundo intento.— Y lo sabía. Volvió a tomar aire, y entregando su té, su vial, la tortura volvió. Y dolió más la nueva oportunidad que la anterior, y la hizo gritar más, se movió más, se retorció más. Y el resultado volvió a ser el mismo.

Lo sabía, y no iba a delatarlo porque es mi labor como esposa.— Y volvieron a intentarlo, porque Lillie De Saint-Pièrre no se rompió, ni desistió. Y esta vez, la tercera, Violet fue la que la delató.

Miente, sí lo sabía. En su cabeza está la verdad.

El maestre, sanador privado de los Windhunter, acomodó a Lillie con cuidado, otorgándole una nueva poción para revitalizarle el cuerpo y devolverle las fuerzas luego de los intentos. La revisó, al mismo tiempo que todos esperaban su resolución para saber si podían continuar. Y la dama pareció brillar de nuevo, los ojos, las mejillitas.
Tiene buena madera esta chica.— Dijo entonces, haciendo que los Cuervos sonrieran, y no solamente eso, sino que reverenciaran, hincando las rodillas en el suelo.—Corvina Regina, Señora. Aún puede realizar intentos.— Dictaminó el sanador, haciendo que aquella hermosa mujer volviera a acomodarse frente a los atónitos ojos de sus Cuervos, quienes sabían que estaba excediendo la cantidad de intentos que la mayoría poseía. Y entonces, volvió a repetir todo el proceso. Más dolor. Más gritos. Más Veritaserum, más de su legeremante empujándola, presionándola hasta el cansancio. Cómo dolía. Vomitó de miedo, de dolor. ¿Sabías que Ganimedes era mortífago? No. ¿Ocultaste que él era un Mortífago? No, yo ni siquiera sabía que lo era, nos mintió a todos. ¿Tú sabías los crímenes de tu esposo? No, eso también me duele. ¿Estás segura de eso? Jamás estuve tan segura de algo. ¿Sabías que Ganimedes era mortífago? Ni siquiera respondió.

Violet asintió con la cabeza. Pyotr sonrió, satisfecho. Los Cuervos celebraron, volviendo a hincar la rodilla frente a la Dama del Velo, llamada así desde su muerte y posterior vuelta a la vida. Para algunos, avances en la medimagia. Para otros, símbolo de poder e inteligencia, uno que no dejaba de demostrar.

Pyotr Volkov, el líder de La Niebla, el mejor de todos ellos, se acercó a Lillie, que yacía sobre aquella maquinaria, asintiendo con la cabeza, mientras el sanador ya le daba la atención correspondiente. Los miró, confundida, haciendo un círculo a su alrededor.
Quien sobrevive a la verdad, muere como humano.— Empezó él. Un coro de voces se unió entonces al cántico, y por primera vez, no cubrieron sus caras, sino que permanecieron de rodillas frente a su líder de clan.

Y nace como Niebla.
1017 Palabras Ultima modificación: Dic 20, 2025, 10:24 PM por Lillie Windhunter #6

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Lillie Windhunter Jefa de Sanación en Hogwarts | Diseñadora en FLEUR
Su corazón, entonces, se rompió en mil pedazos al leer las palabras del amor suyo, heridas, que seguramente también lo estaba. Sus manos temblaron, sus labios se abrieron, sin saber pronunciar palabra, y aunque le era asegurado que se hallaba bien, Lillie sólo supo derramar lágrimas en silencio, enjugándolas en un pañuelito bordado con maestría con pajaritos de colores. Y escribió. Le dirigió letras, y envió a Dagda, el cuervo, inteligente ave, a que entregase un pequeño rollito de papel rosado para Radu, que sabría que debía entregarlo a su señor. Y a la pobre mujer se le entristeció el amor, dejando que el dolor la inundara y se le escapara de los ojos en forma de lágrimas, agua pura que había nacido de los océanos que su esposo le regaló. Se le moría el mar, y luego le volvía a nacer en forma de reflejos, retumbándole las espumas cada que intentaba respirar. Cuánto miedo había tenido. Y cuánto miedo sentía ahora, de sentir que era el barco solitario perdido entre medio del cielo y la mar. Y decía él que había abrazado férreo la debilidad, y sin embargo, aquella, la infortunada, sollozante y noble esposa, abrazaba esas hojas y ese emblema con la ternura inmensa que podía dar su áurea entraña, viéndolo a él aún blanco. Y lo consideró más galán, y lo siguió amando con cada pétalo, con cada poro, con cada sonrisa.

Tanto fue su amor que, en silencio, hubo de pedir ser ataviada con un nuevo vestido ceñido a cada peligrosa curva que atesoraba desastres, blanco como la pureza de su alma, blanco como su inocencia y todo lo que ella significaba, florida, herida, pidió también que la corte se congregara, tal como el amor suyo lo solicitaba. Con las mejillas sonrosadas, con el alma a medias dichosa y a medias rota, hizo su aparición. Mientras tanto, en la Sala del Trono, una corona fue dejada para los tres niños, que seguramente tampoco entendieron qué ocurría, tal como su Amado solicitaba. Y ahí estaba otra vez la Dama del Velo, envuelta en el vestido blanco que se encargó de dibujar la silueta hermosa de mujer, decorando el silencio con zapatillas de tacón. De un lado, caminaban con ella Pyotr y los líderes de las secciones del Clan Raven. Del otro lado suyo, los segundos al mando del Clan Tzimisce, y de nuevo, el Lirio demostrando por qué es la única flor que extiende los brazos en pleno invierno. Se posicionó frente a todos, y su simple presencia originó silencio. No necesitaba abrir la boca ni rogar por adulación para hacer que los ojos se levantasen hacia ella. Su existencia ya tenía fuerza en sí misma, y amor, y tormentas inacabables.

¡Hermanos!— La voz de Lillie entonces se alzó en la Fortaleza, tal como era el deseo del marido suyo.—Escuchen con atención y pierdan la verdad entre la niebla, bajo pena de muerte según las leyes del Clan Tzimisce, y bajo pena de Olvido Negro según las tradiciones del Clan Raven.— Cuando hizo mención de tal castigo, todos los miembros del Clan Raven, a excepción de La Niebla, dejaron caer las armas al piso, y luego, incluido Pyotr, se cubrieron los rostros con velos negros, y bajaron la cabeza. Un gesto que ofrecía el silencio, el acuerdo entre ella y cada miembro del clan.

Prefiero que lo escuchen de mí. Ganimedes Windhunter, Regente del Clan Tzimisce, mi esposo y mi igual frente a ustedes, ha sido arrebatado por el Ministerio de una forma cobarde. Llevo, pues, el peso de su nombre y el filo de su ausencia en la misma carne. Sin embargo, si alguien osa imaginar que la pena ha mellado mi juicio, escuchen bien: La corona no ha caído. Fue llevada por las alas de la Niebla, y puesta sobre quien siempre supo mandar sin alzar la voz. No somos bestias, aunque la ira nos carcoma desde adentro y nos reclame. Somos mucho más que eso. Somos herederos de sombras antiguas. Somos legado.— Otra vez, los Cuervos. Se hincaron, en un gesto que significaba que aceptaban sus palabras.—Que esta noche volvamos a tener ojos silenciosos, invisibles. Que esta noche nuestros oídos toquen instantes, silencios, eternidades. — Eso, por supuesto, generó más de un grito de ánimo. Los vítores no tardaron en aparecer, incluso los del Clan Raven.—Que así sea. Sangre y Fuego.— Y la nueva orden: nadie entra, nadie sale. Los únicos que podían entrar serían Vulcan, Radu, y el ser al que Hermana Oscura y su anillo le mostrasen. Porque sabía que no importaba si cambiaba la forma de su rostro. Ella encontraría a su amado entre millones de personas.
778 Palabras #7

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Lillie no quería salir de la habitación conyugal. Las doncellas le habían pedido que lo hiciera, pero ella... ah, pobre Lirio, que bordaba en silencio, cabizbaja. ¿Por qué se ponía así con una fiesta de la que siempre renegó? No, en realidad, sólo renegaba de los De LaRue. Anhelaba días felices de celebración como todas las familias tenían. Y no solamente eso. La Navidad no era política ni un movimiento más para ella, sino que era memoria, infancia, reparación de su propia alma. Era cuando su azul era menos azul y era más esperanza, más luminoso. Se limpió las lágrimas con la mano, bordando, como si el bordado aliviara los dolores. Y de pronto, se solicitó su presencia en la Torre de la Reina para una reunión con el clan. No eligió su ropa, sino que la eligieron para ella. Un vestido blanco, ceñido a sus curvas peligrosas. El cabello sujeto con peinetas. Casi sin joyas, con los labios rojos y las pequitas amarillas cubriéndole la nariz, haciéndola ver tan bella como siempre, a pesar de lo triste que parecía en ese momento.

Aquella, la Torre de la Reina, era un espacio vertical y solemne, hecho de piedra y de ventanas altas desde las que se tomaban decisiones y se lloraba en silencio. Con esa idea subió las primeras escaleras, sintiendo que algo hacía que se respirara diferente. Había demasiada luz para ser una simple reunión, y demasiados murmullos alegres, risas que escalaban por las paredes y ascendían por las escaleras, quedándose colgadas del techo para ser sólo una junta de clanes. Entró al salón, deteniéndose para ver de frente a ella la magia de Navidad que casi la abofeteó de lleno. Hubo de hallar un enorme árbol que rozaba las vigas del techo y ocupaba el centro del espacio, guirnaldas por todo el salón, esferas gigantes decorando aquí y allá, una cantidad tonta de lazos rosados, flores rosadas de tela y, al acercarse al árbol cuyas ramas ya tenían guirnaldas y luces mágicas, halló un tesoro. Ositos. Sus ositos con las bufanditas tejidas a mano, colgando de las ramas, alrededor del pino, en las escaleras, ¡en todas partes! Osos y ositos y osititos con sus bufandas hechas a base de amor y tiempo, de colores suaves y, de tanto en tanto, rojos tímidos que se asomaban medio bobos. Cuánto encanto tenía el árbol con sus ositos que no eran perfectos con bufanditas torcidas. Eran absurdamente tiernos.
Eran ella. 

¿Gan hizo todo esto para mí...?— Preguntó emocionada, dirigiéndole un vistazo a los cuervos que terminaban de acomodar cosas, cubiertos de brillos y diamantina de las decoraciones de Navidad que habían puesto. Otros más allá usaban ropas de gala. Vestidos largos, sombreros y pajarita. Todos negaron con la cabeza al mismo tiempo, y lo entendió. No tuvo que pensar demasiado, y sin embargo, salió la pregunta de sus labios.—¿Cómo?

No encontraba dónde poner tanto osito friolento abandonado.— Sonó una voz a la espalda del Lirio, que se giró con una sonrisa, encontrándose con un Pyotr como nunca lo vio. Un traje oscuro de tres piezas, moño, el cabello peinado hacia atrás. El bastón en la mano. Muy apuesto, y al mismo tiempo, extraño, con el aire de quien eligió el pecado correcto.—Ahora sí tienen lugar.— La rubia se acercó al árbol, dando saltitos, rodeada por sus doncellas que también parecían felices de todo lo que habían colocado.

¡Es enorme!

Lo sé. Eros lo aprobó.— Ella le dirigió una sonrisa amplia escuchando los grititos de ese remolino de rizos rubios que corría entre los cuervos. Había estado ayudando a decorar. Su brillo irreverente la hizo reír fuerte, y, tal vez, hizo que Pyotr tuviera un gesto de alegría en los ojos.

Maman, maman! ¿Viste las esferas?— Y sus ojos se fueron hacia allá, a las decoraciones más audaces y modernas que quizá un cuervo no elegiría. Eran esferas con constelaciones dentro, y figuras encantadas que iban cambiando de forma. Primero eran dragones, luego cuervos, luego estrellas que giraban y volvían a ser dragones, elegidas cuidadosamente por un niño de imaginación inmensa.—Pyotr dijo que podía escogerlas, porque el árbol también es mío.— Avisó, revisando las bufanditas de un par de ositos y decidiendo que le gustaba el osito blanco de la bufanda color crema. Quiso quedárselo.
 
¿"También"?

Es tuyo. Pero Eros es tu hijo.— Lillie sintió su pecho cargado de algo que no supo describir.

¿Por qué?

Porque es probable que esta sea la última Navidad en que tú seas tú. Luego serás madre, reina, eje y vientre del reino. Pero ahora... sólo eres Lillie. Hoy nadie espera nada de ti.

Movida por sus palabras, se alojó entre la algarabía de los cuervos que parecían todos hermosos y elegantes, que alzaban las copas, que bailaban, que reían y bromeaban y lanzaban chistes en sus lenguas natales, porque todos tenían distintos orígenes, distintos lugares, distintos destinos. Avanzó hacia la mesa asignada para ella, con los cinco líderes de las facciones. Meadow Blackfeather, conocida mejor como Espectro, que se ganó su apellido a pulso y que servía también como guardia personal; Alastair Crowe, que al inicio dudaba de Lillie y que ahora inclinaba la cabeza frente a ella; Edrin Vale, que consideraba a la reina como una figura casi profética, y finalmente, Pyotr Volkov. El organizador principal. El que faltaba a todo para que ella tuviera una Navidad feliz.

¡Oh! ¡Hay menú!— Exclamó al ver que había tarjetas sobre la mesa, maravillada. Lo revisó, y encontró que no era un banquete real o lo que se serviría en presencia de otros nobles. Era su menú, sus sabores favoritos, su memoria, su vida, todo lo que había amado desde que era pequeña hasta ahora.—Crema de quesito -deslactosada- con uvas. Burrata tibia con higos asados y miel de lavanda, con pan rústico. Pappardelle de faisán en una crema ligera de limón y un acompañamiento de verduras en mantequilla de salvia y parmesano. ¡Y Pollys Rollys Jollys!— Los otros cinco rieron. Sabían cuánto le gustaban.

De la 74 Cavendish.— Aclaró Pyotr, el más elegante de los líderes. La dirección dolió un poco, mas la hizo sonreír también.—Servido con espresso corto o un té negro con vainilla y leche.

¿Quién eligió el menú con esa cantidad estúpida de lácteos, genio? Me va a dar diarrea, Volkov.— se quejó Espectro, al mismo tiempo que él alzaba una ceja.

¡Es lo que yo hubiera elegido!— Y más risitas dulces, haciendo que Meadow rodara los ojos. Debió suponerlo. Miró a Pyotr y echó a reír con fuerza. Su Señora parecía más feliz que nunca.—¡Esto es...!

No lo niegues. Sería inútil.— Cómo rió Lillie. Ruidosa, casi brillante, peligrosa. Sensual, en esa forma que poseía cuando se sentía tan feliz, cuando su azul era menos azul.

Ellos también rieron con ella, sólo por el deleite de verla aplaudir.


La música comenzó a los pocos minutos. Era toda una orquesta con músicos que tocaban con el alma, rasgando cuerdas y soplando, y por supuesto, el cantante que su amado Ganimedes le había obsequiado el día de su primera cita, llenando con su vibrante y hermosa voz cada lugar del salón. La velada era divertida. Reía mucho porque se acercaron otros miembros del clan a compartir alimentos y vino, y a bromear con ella. El postre llegó en el mejor momento, volviendo a probar algo que significaba mucho para ella, que significaba cuánto podía amar y cuánto se había esforzado por mantener unida a su familia. De pronto, la orquesta hizo una pausa. Las copas se alzaron, y Pyotr se puso de pie, sin dejar el bastón, sin sonreír. Pidió el micrófono. Los cuervos giraron todos a verlo, porque él no hablaba en público cuando no era necesario. Lillie alzó la vista también, y él la buscó con los ojos. Le guiñó un ojo a la vampiresa. Era una broma, le decía.

Y lo era.

Cuando comenzó a sonar el bajo, los cuervos comenzaron a mover la cabeza. Algunos reían. Y, para sorpresa de todos, Pyotr cantaba bien. El clan se animó, aplaudiendo, y otros alzando los brazos. Eros miró a todos, escuchando la canción que parecía casi absurda, y Lillie se encogió de hombros, dedicándose a disfrutar del chiste. Al terminar, como si nada, no reverenció, no se inclinó, a pesar de los aplausos que casi volcaron el salón porque jamás pensaron ver al líder de esa forma. La Amapola, aún sentada a la mesa, aplaudía, riendo, feliz, como dándole permiso a aquel de ser, durante unos minutos, un hombre normal que sólo había tenido que crecer demasiado pronto.

La fiesta, entonces, continuó. Un cuervo cantando detrás del otro ahora que Pyotr había abierto el karaoke. Primero los ritmos fueron cambiando. Luego, llegó el turno de que las heridas se abrieran, y la rubia no se había dado cuenta que había comenzado a bailar hasta que se miró entre sus cuervos, donde se formaban parejas, donde estaba el ruido de las palmas, giros, risas, ahí donde no había clanes ni reinos ni imperios ni sangres ni coronas, sino hombres y mujeres que no pudieron elegir sobre sí mismos, pero que ahora elegían, que ahora disfrutaban, que se dedicaban a ser. Pyotr, otra vez, mirando, como siempre, hubo de acercarse a Lillie, que giraba entre luces azules y doradas, radiante, hermosa y amarilla, solita, siempre solita. En silencio, sacó de su traje una caja pequeña, oscura, que le entregó.

Este sí es tu regalo.— La muchacha lo abrió, encontrándose con un medallón que era, seguramente, un objeto de colección, con runas talladas en el borde. No brillaba, pero era hermoso.—Es un catalizador de equilibrio.— Explicó. Lillie no entendió. Alzó la vista a él.

¿Equilibrio?

Para cuando todos te pidan algo distinto. Para cuando seas reina, madre, líder, diosa, arma, esperanza, luz, amor y letalidad, todo al mismo tiempo.— Le señaló, entonces, el centro del medallón.—Esto sólo responde a ti y a todo lo que eres cuando nadie te mira.— Ella pareció entenderlo a medias. No importaba que no lo entendiera. Lo sentía, y eso era todo lo que necesitaban. Los deditos pasaron por todo el medallón, sintiéndolo casi familiar.

¿Desde cuándo lo tienes...?

Lo compré desde antes de saber que existirías. Algunas cosas se hacen por fe, incluso cuando uno no la tiene.

Las cejas de Lillie descendieron. Sonrió suave y volvió a buscarlo con la mirada.

Pyotr, yo...

No.— La interrumpió con suavidad.—No agradezcas, no es necesario. Úsalo. Vívelo. Olvídame si es necesario.— La reina, que en ese momento sólo era una mujer, respiró hondo, asintiendo con la cabeza. Se talló los ojos, intentando soportar las lágrimas. Ya sabían cómo era ella. Y lograrlo era casi delicioso. Ver que sus ojos se reblandecían, que se llenaba de agua, daba un placer extraño.

Espera.— Dijo ella, titubeando. Caminó entonces hacia el árbol, y volvió con algo entre los brazos y una sonrisa en el rostro, encontrándose con Pyotr de nuevo, con el estratega, con el hombre que decoró toda la Torre de la Reina para ella. Y entonces, le dio lo que tenía en las manos. Un osito pequeño, que tenía alrededor del cuello una bufandita azul tejida a mano, chueca, con un punto mal cerrado y la naricilla ligeramente de lado. —Este es para ti.— Pyotr negó con la cabeza.—Déjame. Hice muchos para el árbol, para los niños del clan, para mis hijos, para mí. Y este...— mostró la bufandita chueca, que no quería acomodarse —...este lo tejí pensando en ti. Con bufanda. No abriga, no cuida, no protege nada, no sirve para nada realmente.— Y se lo tendió con suavidad.—Por eso es para ti.

Pyotr lo tomó, confundido, pero lo hizo con cuidado, con un cuidado absoluto, como si sostuviera el mayor tesoro de su vida. Aquel que en las manos tenía sangre derramada, ahora sólo tomaba un osito de felpa donde había paciencia y el pensamiento de una mujer que nunca dejaba el azul.

No entiendo.— Le confesó.

Es para que recuerdes que antes de ser Pyotr, alguien te miró y te amó, y pensó que también merecías ternura.

Y lo desarmó con la dulzura de ella. Con su voz, con su inocencia. Con su extraña forma de ser ella, de dar regalitos que no tenían sentido y lo tenían por completo.

Vamos, es tuyo. Nadie tiene que saberlo, y nadie pedirá que lo enseñes. Puedes esconderlo o negarlo, pero es tuyo.— Ella sonrió. Otra vez con su tristeza, con su alegría.

Lo guardaré.— Respondió al fin, pesadamente. Y entendió a Lillie un poco mejor. Casi quiso reír al hacerlo.—Ahí donde no se pierden las cosas importantes.

Las risas de Eros resonaron por todo el salón. Bailaba con una de las vampiresas del clan, muy elegante y divertido. Un día sería un caballero. Matthew bailaba con uno de los niños, hijo de las doncellas, con coreografía, algo parecido a la Macarena. Meadow bailaba con Alastair. Y la rubia, en su esplendor, movía los hombros al ritmo de la música.

Anda, ve. Baila. Ríe. Que te vean viva.— La voz de Pyotr se alzó entre las voces y la algarabía.

¿Y tú? ¿No bailas?

Yo ya hice lo mío.— La dama se le quedó mirando un instante, para girarse hacia el árbol. Hacia el clan. Hacia su hijo. Se dio cuenta que en la Torre de la Reina ya había existido una Navidad inesperada. Con un árbol gigante, con ositos hechos a base de amor, con niños felices, con cuervos que volvieron a ser humanos, y un hogar construido alrededor suyo que hacía que su corazón se quedase tranquilo, y un imperio desde que ella era el corazón. Después de todo, el clan estaba completo, que también resultó ser su familia. Le dirigió un último gesto antes de irse a disfrutar, uno que decía gracias.
2303 Palabras Ultima modificación: Feb 22, 2026, 09:44 PM por Lillie Windhunter #8

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Northumbria Documento. Desconocido.
Información Clan Raven
El Clan Raven es un clan moderno, creado entre el 2054 y 2055, que fue cimentado en tres pilares que lo rigen por completo: la verdad, la tradición y el amor que de ellas se desprende. Como tal, no es un clan antiguo en el tiempo, sino en conciencia, siendo actualmente uno de los clanes vampíricos con más estabilidad, pues proviene de las decisiones que se han tomado con responsabilidad y memoria.

A diferencia de otros clanes, el Clan Raven no se ha regido nunca sobre el miedo u obediencia ciega, sino que se construyó entendiendo que la verdad es lo único que puede sostener a su comunidad inmortal sin fracturas. Cada símbolo y cada juramento fueron creados con conciencia y con propósito, por lo que son elegidas y renovadas, adaptándose a su modernidad sin perderse en el camino ni olvidar el por qué de cada cosa. Por otro lado, el amor como compromiso es capaz de atravesar al Clan Raven en todos sus niveles. Se le inculca a los miembros el amor por compartir, por la lealtad que se elige y por la responsabilidad de obedecer y liderar en el clan. De esta forma, se forman vínculos sólidos entre los miembros y se ha creado una jerarquía respetada y aceptada. Dentro del clan sí existen los secretos pero únicamente aquellos que protejan la realidad.

El clan no busca dominio ni expansión, sino permanencia, afirmando así su creencia de que todo poder que no se mantenga por verdad, amor y tradiciones está destinado a caer.

Principios Doctrinales

Los principios doctrinales del Clan Raven funcionan como ejes de conducta, que guiarán la toma de decisiones y en la que se preserva la estabilidad del clan. A sus miembros se les enseña a preguntarse si su acción beneficiará al Clan. Si la respuesta es no, entonces no es una acción que debería estarse realizando.

  • • La Verdad: se distingue muy bien entre secreto y mentira. Mentir al clan es un gesto de deslealtad, mientras que mentirse a uno mismo es un gesto de debilidad. Ninguna verdad debe ser negada, pero no toda verdad debe ser pronunciada.

  • • La Tradición: es una raíz a la que se ancla el clan. La tradición tiene un propósito, por lo que puede ser transformada pero nunca olvidada, pues es la memoria colectiva, sagrada, del clan. La tradición permite recordar errores para no repetir y no condenarnos.

  • • El Amor: es un compromiso y también es una responsabilidad. Es manifestado como el respeto por la vida que se comparte, la protección de los unos a los otros, la lealtad elegida y la disposición de ayuda. El liderazgo es también un acto de amor aún más exigente, pues puede doler. El poder sin amor es un negocio de conveniencia.

  • • La Lealtad: siempre debe ser elegida. Se permanece porque se elige hacerlo, pues una lealtad entendida es indestructible. Traicionar al clan es romper vínculos y fracturar la moral. Es el delito más grave.

  • • El Poder: debe tener propósito para legitimarse. De no ser así, sólo es corrupción.

  • • La Unidad: incluso en la diferencia. No todos los vampiros son iguales y no todos sirven de igual forma. Todos tienen talentos y habilidades necesarias. Ninguna función está por encima de las demás. El respeto entre facciones no es una opción, pues despreciar el rol ajeno es despreciar lo propio.

  • • La Estabilidad: el mayor logro es la permanencia. Un clan que logra sobrevivir sin fracturarse solo ya lo ha entendido todo.

Como puede entenderse en estas líneas, el Clan no promete gloria, ni poder, ni redención de los pecados. Tampoco ofrece grandeza inmediata, sino que ofrece algo más: permanencia. Permanece para comprender quién eres, por qué permaneces y por qué elegiste andar este camino, de forma consciente.
En resumen, el Clan Raven promete algo que muchos clanes no: un hogar donde ser, donde aprender y donde elegir siempre. Si se sigue la doctrina, lo demás vendrá por añadidura.
emme


660 Palabras Ultima modificación: Ene 08, 2026, 12:26 PM por Lillie Windhunter #9

Passeport ♡
Madera de CarpeNúcleo de Cuerno de Horned Serpent
32 cm
Expecto Patronum
  • Madera de Carpe
  • Núcleo de Cuerno de Horned Serpent
  • 32 cm
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